Cada persona es un mundo, cada uno tiene sus propias vivencias y por lo tanto, no podemos menospreciar las circunstancias de los demás. A veces entramos en una etapa de quejas y reclamos delante de Dios, quien en vez de darnos la solución, lo que hace es retrasarla, pues no somos nadie para acorralarlo.
Pero a pesar de que estemos pasando por momentos difíciles, eso no es óbice para que seamos instrumentos usados por Dios. De las experiencias se aprende y por algo Dios nos lleva por el desierto; y es para estar más cerca de Él, para conocerlo más, amarlo y depender totalmente de Él. Aparte que es muy importante también para ayudar a otros y así darles una palabra de aliento y un sabio consejo.
Nos sentimos mal al no poder ayudar a los demás como quisiéramos, y aún más cuando vemos que atraviesan por situaciones peores y quisiéramos colaborar de muchas maneras; y, ¡vaya!, se nos hace imposible porque la solución no está en nuestras manos, pero ayudamos con lo más importante que es la oración y la intercesión. ¨Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? Salmos 42:3 (Reina-Valera 1960).
Esta es una de las preguntas que todos en algún momento nos hemos hecho, puesto que en esos instantes cegados por el dolor y la angustia, nuestras lágrimas no nos dejan observar el panorama y no notamos que detrás de las nubes grises está por salir un sol radiante.



