viernes, 5 de febrero de 2016

Un camino, un guía

“…Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí…” (Juan 14:6)
I. La gente, ¿qué crees que opina de este versículo?
Desgraciadamente, la respuesta más común es: “todas las religiones llevan a Dios”. Tal vez sea verdad, pero ¿será al mismo Dios que nosotros conocemos?
¿A Jesús, nuestro Jesús, que pagó cada gota de sangre en la cual estaba tu nombre y el mío?,...hummm, creo que no es así. Pienso que sería más fácil que Jesús mismo se manifestase a todos mostrándose tal y como es, y así nos evitaríamos muchas discusiones con mucha gente. Pero como tenemos un propósito que conseguir en este mundo, mientras ese momento llega hay que trabajar duro con aquellas personas que tienen un corazón difícil. Se han petrificado y no lo dejan entrar a Él; es esa gente que grita en silencio clamando a Dios, y es curioso que el silencio no se pueda ver porque estoy seguro que el nombre de Dios se vería en ese silencio. Y duele saber que, a pesar de que lo necesitan, no lo buscan o lo buscan a su manera y no de la forma correcta; el mero hecho de pensar que una de tantas gentes podríamos ser nosotros, nos debería despertar el amor por aquellos que están extraviados sin encontrar ese camino, y por eso debemos estar preparados como se refleja en su palabra: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir”.
II.  ¿Te has preguntado qué estarás haciendo el día en que Él regrese a recoger a los que son suyos?
Es triste que a muchos de sus hijos los va a encontrar en lugares no agradables. Y sabiendo que Él volverá, debemos estar preparados para su venida, que nos encuentre velando, o sea, despiertos en su obra y no dormidos en este mundo tan difícil para mantenerse velando, y ayudando a la gente a encontrar el único camino por el cual se llega a Dios que es por medio del arrepentimiento, y aceptarle a Él como único y suficiente salvador.

jueves, 4 de febrero de 2016

Joya de incalculable valor

“y aconsejar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser sensatas y puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sumisas a sus esposos, para que no se hable mal de la palabra de Dios.”
(Tito 2:4-5 NVI)
Ha llegado la hora de honrar a quien me dio la vida y ha entregado todo por mi felicidad, durante treinta y siete años.
Tengo la bendición de ser hija de una mujer maravillosa, digna de toda mi admiración. María Rosa Sarmiento..., oriunda de Santander (España), tierra de mujeres guerreras, forma parte de una familia numerosa en donde los principios y valores son sólidos y muy fuertes.
Lleva cuarenta años casada con mi papá, y me enorgullece verlos después de tanto tiempo, agarraditos de la mano y profesándose amor eterno. Desde que tengo uso de razón, la he visto preocupada por el bienestar de los demás. Es una mujer trabajadora, abnegada, leal, fiel, entregada día y noche a alcanzar el bienestar de su familia; es digna de confianza, y quien la conoce se enamora de su capacidad de servir a los demás sin esperar nada a cambio.

Le doy gracias a Dios porque ella con su ejemplo, dio un valor muy alto a mi rol de mamá y esposa. Es ahora, cuando debo levantarme muy temprano para aprestarme a mis obligaciones para con mis hijas y mi esposo, antes de salir a una larga jornada de trabajo y regresar ya de noche, a seguir cumpliéndole a Dios en hacer lo que tengo que hacer para que ellos se sientan bien a mi lado, repito, es ahora cuando más la valoro, porque mis recuerdos cronológicos me llevan a los días en los que en medio de su cansancio, nos atendía con su amor y se encontraba con una hija egoísta que esperaba recibir en vez de dar.

¿Tiene usted Vida Eterna?

La Biblia presenta un sendero claro hacia la vida eterna. Primero, debemos reconocer que hemos pecado contra Dios. En las Sagradas Escrituras leemos en Romanos capítulo 3 y el versículo 23: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” Todos hemos hecho cosas que desagradan a Dios, las cuales nos hacen merecedores de castigo. Debido a que a la larga todos nuestros pecados van en contra de un Dios eterno, únicamente bastaría un castigo eterno. Pero, en Romanos capítulo 6 y el versículo 23 leemos, “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor Nuestro.”

Como solución, e
n 1 de Pedro capítulo 2 y el versículo 22, leemos que Jesucristo es el santo Hijo de Dios, sin pecado. En Juan capítulo 1, los versículos 1 y 14, leemos que el eterno Hijo de Dios se hizo hombre y murió para pagar nuestro castigo. Y en Romanos 5:8 leemos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Jesucristo murió en la cruz (Juan 19:31-42). Él llevó la culpa que merecíamos nosotros (2 Corintios 5:21). Tres días más tarde se levantó de la tumba, demostrando Su victoria sobre el pecado y la muerte. (1 de Corintios 15:1-4) Y en 1 de Pedro capítulo 1 versículo 3, leemos: “Que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”

¿Cómo no me voy al infierno?

No ir al infierno es más fácil de lo que tú piensas. Algunas personas creen que tienen que obedecer los Diez Mandamientos durante toda su vida para no ir al infierno. También hay personas que creen que deben observar ciertos ritos y rituales para no ir al infierno. Otras creen que no hay manera de saber con seguridad si vamos o no a ir al infierno. Ninguno de estos puntos de vista es correcto. La Biblia es muy clara sobre cómo una persona puede evitar ir al infierno después de la muerte.

La Biblia describe el infierno como un lugar aterrador y horrible. El infierno se describe como "fuego eterno" (Mateo 25:41), "fuego que nunca se apagará" (Mateo 3:12), "vergüenza y confusión perpetua" (Daniel 12:2), un lugar donde "el fuego nunca se apaga" (Marcos 9:44-49), y "eterna perdición" (2 Tesalonicenses 1:9). Apocalipsis 20:10 describe el infierno como un "lago de fuego y azufre", donde los malos son "atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 20:10). Obviamente, el infierno es un lugar que debemos evitar.


¿Por qué existe el infierno y por qué Dios envía gente allí? La Biblia nos dice que Dios "preparó" el infierno para el diablo y los ángeles caídos, después de su rebelión contra Él (Mateo 25:41). Los que rechazan la oferta de perdón de Dios sufrirán el mismo destino eterno del diablo y los ángeles caídos. 
¿Y por qué es necesario el infierno? Todo pecado es, en última instancia, contrario a Dios (Salmo 51:4), y puesto que Dios es un ser infinito y eterno, solo un castigo infinito y eterno sería el indicado. El infierno es el lugar donde las exigencias de la justicia santa y justa de Dios se llevan a cabo. El infierno es el lugar donde Dios condena el pecado y todos aquellos que lo rechazan a Él. La Biblia deja claro que todos hemos pecado (Eclesiastés 7:20, Romanos 3:10-23), así que, como consecuencia, todos merecemos ir al infierno.

La verdadera riqueza

“…Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas…” Lucas 16:19-21
El mundo que nos rodea está tan materializado que resulta casi imposible tener una perspectiva espiritual de la vida.
El relato nos ilustra que todos los días este hombre hacía banquetes, pero su estado materialista no le permitía ver a aquel que también estaba TODOS los días debajo de su mesa.
Muchas veces nosotros nos enfrascamos en la tarea de que Dios abra los cielos y derrame a nuestras manos de Su abundancia, sin ver lo que Dios ya nos dio.
En Hechos 3:5-6 Pedro entendió cuál era la riqueza que Dios le había otorgado. No fijándose en el oro ni la plata, que no tenía, dio lo que realmente el cojo necesitaba, ser liberado del mal de toda su vida, y dando voces de júbilo se olvidó de pedir dinero.
¿Nos identificamos con el rico? Verdaderamente, el Señor nos otorgó riquezas (espirituales) en nuestras manos, pero de igual modo, puso en nuestro camino al Lázaro espiritual que necesita lo que Dios nos dio.
¿Viste al Lázaro que tienes a tu lado?

miércoles, 3 de febrero de 2016

El Perdón de Dios

Creer que Dios perdona nuestro pecado no siempre es fácil. Pero si usted ha entregado sinceramente su vida a Jesús y confía en Él para su salvación, entonces, Dios ha prometido perdonarlo; y Él no va a mentir... ni puede. La Biblia dice: “Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida…” (1 Juan 5:11-12, NVI). ¡Esto lo incluye a usted! La clave es no depender de sus sentimientos sino de los hechos; el hecho de la muerte y la resurrección de Jesús por usted, el hecho de que usted se ha entregado a Él, y en consecuencia, el hecho de que Dios prometió perdonarlo. Los sentimientos y las emociones van y vienen, y pueden engañarnos.
Los hechos de la Palabra de Dios, sin embargo, no cambian. Puedes confiar en ellos. No se concentre en lo que siente, sino en Jesucristo y en lo que Él ha hecho por usted. Imagine, por un instante, que usted tiene un pariente muy rico, y un día recibe la llamada de un abogado que le dice que esa persona murió y le ha dejado una herencia de un millón de euros. ¿Qué haría usted? Podría decir: “Oh, no puede ser verdad”,... pero ¿sería sensato creerlo? En cambio, probablemente usted aceptaría por fe lo que el abogado le dice, y comenzaría a actuar en consecuencia. Pues en un sentido mucho mayor, Jesucristo le ofreció un regalo, el regalo de la salvación, y usted lo aceptó. Ahora, ¡actúe en consecuencia! Comience dándole gracias por salvarlo y perdonarlo, y luego, trate de vivir para Él cada día.

Camina Conmigo

“Cómo empezamos no determina a dónde llegamos”
Nos encontramos, fueron dos miradas las que se cruzaron, dos mentes que empezaron a volar y a crear fantasías; así fue como nació el deseo de estar juntos. Y decidimos iniciar una vida juntos. 
Fuimos dos los que nos enamoramos. Un primer beso en el que se unieron los labios de dos personas y un abrazo que fundió a dos cuerpos en uno.
Uno propuso y el otro aceptó: somos pareja. Ahora ya no caminamos distanciados; nuestras manos se entrelazan mientras recorremos trayectos como si estuviésemos separados del suelo.
El tiempo de cada uno se dispone para crear un espacio de dos. En ocasiones yo dispongo y tú aceptas; otras veces yo me dejo llevar.
Me gustan las artes, y te enseño a apreciarlas. Te acompaño en tus deportes y te animo cuando entrenas.
Escucho de tu trabajo, de tu mundo laboral, y me doy cuenta que aún sin haberla visto, llego a sentir que conozco tu oficina; imagino el escritorio y a tu compañero más cercano. Tú me das ideas para mi nuevo proyecto, aportas nuevos caminos, otros proyectos, y te arriesgas a llevarme donde yo aún me resisto a llegar por mi necesidad de control. Entonces compartimos mi capacidad de organizar y estructurar, con tu visión e ímpetu para ver nuevas oportunidades y arriesgarse a tomarlas.
Mi familia pregunta por ti y tu familia me quiere conocer. Finalmente, lo sorteamos; navidad con unos, año nuevo con otros, cumpleaños compartidos, pero siempre con escapadas de  dos. La exclusividad no es negociable.
Están tus amigos, yo traigo los míos y vienen los nuevos, los que vamos conociendo en nuestro camino. Nos aseguramos de que nunca nos falten momentos para crear recuerdos con las personas que nos ven crecer como pareja y que aportan dosis de felicidad a lo que vivimos.
Llegaron algunos conflictos. Dos pensamientos que se oponen, dos voluntades que luchan por la primacía. Prevalece la democracia; los dos ganamos y los dos perdemos; negociamos y llegamos a un punto intermedio. A veces yo he cedido; otras veces tú evitas, para que cuando el conflicto lo permita no pase de un simple malentendido.
¿En qué termina la historia? …

El entrenador y el entrenamiento

Imagina que tu equipo ha conquistado el primer puesto de la tabla de clasificación de la primera división de tu país y, aunque todavía haya un partido que disputar, ya está claro que nadie lo puede adelantar porque tienen muchos más puntos que los demás. ¡Ya son campeones! Es igual cuando perteneces al equipo de Cristo: Él ya ha ganado todo, Él es el vencedor del pecado, de la muerte y del diablo, y es el rey de la vida. 
Tú no puedes contribuir con nada para ganarte el cielo, pues Cristo ya hizo todo lo necesario. Solo puedes aceptar humildemente, este gran regalo del amor divino.
Sin embargo, ¿qué suele hacer un equipo que se encuentra en la situación arriba descrita? ¿Piensan: “Ya somos campeones, por lo que da igual si perdemos estrepitosamente el último partido. Ya no nos esforzaremos, es muy posible que no." 
Aunque nosotros consideramos como lo más natural del mundo que se esfuercen y luchen hasta el fin, para demostrar que son dignos de ser campeones, como de igual manera, es evidente que como cristianos, queremos vivir una vida que agrade a Dios. “Porque los que hemos muerto al pecado, cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2).
Estas son unas pautas que te ayudarán a ser vencedor:
 ¡No estás solo!
Lo más elemental es que establezcas y mantengas una buena relación con el entrenador. Un buen entrenador conoce las tácticas del adversario y tiene una táctica para ganar. Nos enseña a ser hábiles con el balón, resistentes físicamente, precisión en los tiros y cómo marcar goles. Siempre anima a su equipo, y si es necesario lo hace severamente. Todo es necesario para jugar bien y ganar.
Espiritualmente, Jesucristo es el mejor entrenador, sabe la mejor táctica para vivir y nos la enseña a través de su Palabra. Por eso mismo es básico que leas frecuentemente la Biblia y obedezcas a lo que has entendido. Además, habla siempre y de todo con Cristo, pues Él entiende tus problemas y tus defectos, y también conoce tus puntos fuertes y valora e incentiva tus talentos. Es el mejor entrenador de la vida, ¡confía completamente en Él!

El Pecado

El apóstol Pablo escribió a los romanos que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23 RVR60) y que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23 NVI). El ángel le anunció a José que el Niño que estaba en el vientre de María sería llamado “Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús que venía a ser bautizado, exclamó: “¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29).
La Biblia menciona el pecado con mucha frecuencia por una buena razón: es el pecado, nuestro pecado, el que nos separa de Dios y si no se soluciona con fe y arrepentimiento, produce la muerte eterna. Afrontar la verdad acerca de nuestro pecado y sus mortales consecuencias es, en la Biblia, un requisito previo para recibir a Jesús como Salvador.
Por eso me quedé sorprendido cuando asistí a una conferencia cristiana, y uno de los oradores dijo que no deberíamos mencionar el pecado en nuestras predicaciones, porque es ofensivo. Ciertamente, el pecado es ofensivo, pero la Persona a quien ofende el pecado es el Dios Santo. Y Dios odia el pecado. Él se opone eterna y ferozmente al pecado, y no puede tolerarlo en Su presencia.
Por esto la Biblia pasa tanto tiempo hablando del pecado. Es nuestro problema fundamental, y si lo pasamos por alto, quedamos a merced de nuestros fútiles recursos para encontrarle solución.
No obstante, por grande que sea el énfasis que la Biblia pone en la realidad y el peligro del pecado, aún es mayor el peso que le da a la cura para el mismo: la salvación por medio de una fe personal en la obra expiatoria de Jesucristo en la cruz. El problema del pecado ya ha sido resuelto. Hay liberación, porque tenemos un Libertador. Hay salvación, porque tenemos un Salvador. Hay redención, porque tenemos un Redentor.