El día que decidió construir una casa con botellas de vino vacías, familiares, amigos y conocidos creyeron que estaba loco y le instaron a desistir del proyecto. Jan Than Vanlhel no les escuchó. Sonreía al oírles, pero nada más.
La tarea fue ardua. De día trabajaba como contable en una empresa inglesa. Por las noches, a pesar de su orgullo, salía hasta los sitios donde se concentraban los desechos. Cada envase era guardado cuidadosamente, y luego en casa, almacenado de acuerdo con su tamaño y la densidad del vidrio. Era un trabajo artesanal.
La estructura comenzó a levantarse en un enorme terreno. Cada frasco era unido a otro con una silicona especial. Lo difícil eran los vientos que, en determinadas épocas del año, son demasiado fuertes. Las corrientes de aire producían la caída de las paredes y columnas.
La estructura comenzó a levantarse en un enorme terreno. Cada frasco era unido a otro con una silicona especial. Lo difícil eran los vientos que, en determinadas épocas del año, son demasiado fuertes. Las corrientes de aire producían la caída de las paredes y columnas.
Por eso, al despertar cada mañana, Jan Than se encontraba con la desagradable sorpresa de que tenía que comenzar de nuevo. Solo encontraba un montón de cristales rotos. Sin embargo, se reponía del desánimo y reemprendía la tarea.
Tardó tres años pero lo logró. La construcción de tres alcobas, un baño y una cocina, fue por mucho tiempo el atractivo de los visitantes. Nadie podía creer que alguien se hubiera propuesto acometer un proyecto de esas dimensiones. Y no solo hubo quien lo hizo sino que además, lo terminó y disfrutó plenamente.
Tardó tres años pero lo logró. La construcción de tres alcobas, un baño y una cocina, fue por mucho tiempo el atractivo de los visitantes. Nadie podía creer que alguien se hubiera propuesto acometer un proyecto de esas dimensiones. Y no solo hubo quien lo hizo sino que además, lo terminó y disfrutó plenamente.

