sábado, 19 de julio de 2014

Fuerza en la debilidad

Es en los momentos más difíciles de la vida en los cuales tenemos los mejores encuentros personales con Dios. Parece ser que nuestro espíritu se sensibiliza cuando vemos que todo está en nuestra contra y es entonces, cuando somos más sensibles a la presencia de Dios y audibles a su voz.
Quizá te encuentres en un episodio de esos, en los que no sabes qué hacer, qué decisiones tomar o cómo afrontar lo que estás viviendo, sin embargo, es seguro que en medio de todo lo que puedas estar viviendo, vas a encontrarte con el Señor de una forma única.
¿Qué se necesita para sentir a Dios de una forma única?, personalmente, me he dado cuenta que lo que necesito para encontrarme con Dios de una forma especial y única, es encontrarme entre la espada y la pared, porque es en esos momentos cuando más disfruto de su presencia. Esos momentos en los que no sé que hacer y en los que lo único que siento es que necesito de Él, es cuando me siento dependiente de Él y mi corazón se humilla, mi mente se reverencia y mi espíritu se quebranta; es en esos momentos cuando más fuerte me siento.
Los momentos en los que más débiles parecemos, son los momentos en los que nos hacemos más fuertes. El Apóstol Pablo lo decía de está forma:
“pero Dios me ha contestado: Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se muestra en la debilidad. Por eso, prefiero sentirme orgulloso de mi debilidad, para que el poder de Cristo se muestre en mí. Me alegro de ser débil, de ser insultado y perseguido, y de tener necesidades y dificultades por ser fiel a Cristo. Pues lo que me hace fuerte es reconocer que soy débil.” 2 Corintios 12:9-10 (TLA)
Es posible que hoy te sientas débil pero eso de una u otra forma, es una buena noticia, porque el doblar tus rodillas, el humillarte delante de Dios y reconocer tu necesidad de Él te llevará a ser más fuerte.

¿Es el mormonismo una secta? ¿En qué creen los mormones?

La religión mormona fue fundada hace menos de doscientos años por un hombre llamado José Smith. Éste aseguraba haber recibido una visita personal de Dios el Padre y de Jesucristo, quienes le dijeron que todas las iglesias y sus creencias eran una abominación. José se propuso fundar una nueva religión que aseguraba ser “la única iglesia verdadera en el mundo”. El problema con el mormonismo es que contradice, modifica, y expande erróneamente la Biblia. Dicen que, los cristianos no tienen razón para creer que la Biblia es verdadera y suficiente. Sin embargo, el creer y confiar en Dios verdaderamente, significa creer en Su Palabra. “Toda la Escritura es inspirada por Dios”, lo que significa que viene de Él (2 Timoteo 3:16).

Los mormones creen que de hecho, hay cuatro fuentes de palabras divinamente inspiradas, en vez de una sola. 1) La Biblia, “en tanto esté traducida correctamente”. No aclaran debidamente, cuáles son los versos que están incorrectamente traducidos. 2) El Libro del Mormón, que fue “traducido” por Smith y publicado en 1830. Smith aseguraba que es el “libro más correcto” del mundo, y que una persona puede acercarse a Dios siguiendo sus preceptos, “más que con cualquier otro libro”. 3) Doctrina y Convenios son considerados Escrituras por los mormones, que contienen una colección de modernas revelaciones (renovadas), en cuanto a “la Iglesia de Jesucristo, en cómo ha sido restaurada.” 4) La Perla de Gran Precio, considerada por los mormones, como “clarificadora” de doctrinas y enseñanzas que faltan en la Biblia, y que añade su propia información acerca de la creación del mundo.

Los mormones creen estas cosas acerca de Dios: Que Él no siempre ha sido el Ser Supremo del universo, sino que alcanzó ese estatus a través de una vida justa y un esfuerzo persistente. Creen que Dios el Padre tiene un “cuerpo de carne y hueso tan tangible como el de un hombre.” Aunque ya abandonado por los modernos líderes mormones, Brigham Young, presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, también conocidos como mormones, 
creyó que Adán realmente era Dios y el padre de Jesucristo. Pero los cristianos sabemos esto acerca de Dios: hay un solo y verdadero Dios (Deuteronomio 6:4,Isaías 43:10,44:6-8), que Él siempre ha sido y siempre existirá (Deuteronomio 33:27a,Salmo 90:2,1 Timoteo 1:17), y que Él no fue creado, sino que Él es el Creador (Génesis capítulo 1;Salmo 24:1;Isaías 37:16). Él es perfecto y nadie más es igual a Él (Salmo 86:8;Isaías 40:25). Dios el Padre no es un hombre, ni nunca lo ha sido (Números 23:19;1 Samuel 15:29;Oseas 11:9). Él es Espíritu (Juan 4:24), y un Espíritu no está hecho de carne y hueso (Lucas 24:39).

Los mormones creen que hay tres diferentes niveles de reinos en la vida venidera: El Reino Celestial, el Reino Terrenal, y las tinieblas exteriores, donde la raza humana terminará, dependiendo de lo que hayan creído y hecho en esta vida mortal. Sin embargo, la Biblia nos dice que después de la muerte, vamos al Cielo o al Infierno, dependiendo si pusimos o no nuestra fe en Jesucristo. Al estar ausentes de nuestros cuerpos, como creyentes significa que estamos con el Señor (2 Corintios 5:6-8). Los incrédulos son enviados al Infierno, o el lugar de los muertos (Lucas 16:22-23). Cuando Jesús venga por segunda vez, nosotros recibiremos nuevos cuerpos (1 Corintios 15:50-54). Habrá nuevos cielos y nueva tierra para los creyentes (Apocalipsis 21:1), y los incrédulos serán echados en un eterno lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15). No hay una segunda oportunidad de redención después de la muerte (Hebreos 9:27).

Paciencia en la familia

Existen muchos espíritus en el mundo. Sobre esto escribió el apóstol Juan; así como también escribió que no debemos creer a todos los espíritus, sino probar si son de Dios.
Nosotros sabemos que hay un Espíritu Santo y que ese Espíritu vive en nosotros y es mayor que cualquier espíritu que está en el mundo.
-Pero lo que a mí me gustaría entender es que, ya que el Espíritu es Santo y es mayor que cualquier otro espíritu que vive en los hermanos, entonces ¿por qué hay tanta falta de paciencia entre ellos? Uno de los frutos del Espíritu es la paciencia. ¿Qué pasa con este fruto?
-¡Ummm! ¿Sabe usted un secreto del Espíritu Santo? El fruto del Espíritu no puede crecer mucho si no tiene alimentación, y su alimento es la palabra de Dios. Más aún, es obedecer la palabra de Dios. Y hay mandamientos en la palabra de Dios que facultan la paciencia. Quizás no hemos puesto aún suficiente énfasis en estas enseñanzas.
-El caso es que yo observo las mismas actitudes en la familia natural como las que veo en la familia de Dios. Una es que, los hermanos que han superado un defecto casi no pueden soportar el mismo defecto en otra persona. Por ejemplo, en la familia puede ser un hermano mayor que no tiene paciencia con su hermano menor. Pasa muchas veces. ¡También, la crítica de una niña de 8 años a su hermanito de 4, que hace las mismas acciones inmaduras que ella acostumbraba hacer a la misma edad! No las puede soportar y ella se queja constantemente de él y lo critica.
¿No pasa igual entre hermanos en la iglesia? Y aparte de la inmadurez, hay también diferencias de opinión, diferencias de temperamento, diferencias de cultura... Estas últimas diferencias hasta pueden ser chistosas, sin ninguna importancia, en fin...
-Ya, pero tenemos la fuente de Dios para producir la paciencia, que es el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos guía según lo que le damos de alimento. Como dijo el apóstol Pedro ”Nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5.32).
-"¡Ahhh! ¡Ya sé! La obediencia tiene que ver con la fuerza del Espíritu Santo en nuestra vida. Lo recibimos al obedecer el mensaje de Cristo de arrepentirnos y bautizarnos. Pero puede ser que después de bautizarnos, no obedezcamos los mandamientos que podrían hacernos crecer espiritualmente, al extremo de tener necesidad de más paciencia".
Uno de estos mandamientos se encuentra en Romanos 14:4 donde Pablo está enseñando a los gentiles y judíos cómo actuar con las diferencias de cultura y opinión. “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.”

Dios mío, no desistas de mí

“Estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.” Filipenses 1:6
Cuenta la historia de un herrero que, después de una juventud llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios. Durante muchos años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en su vida. Muy al contrario: sus problemas y deudas se acumulaban día a día.
herreroUna hermosa tarde, un amigo que lo visitaba, y que sentía compasión por su difícil situación, le comentó:
- Realmente es muy extraño que precisamente, después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar. No deseo debilitar tu fe, pero a pesar de tus creencias en el mundo espiritual, nada ha mejorado.
El herrero no respondió enseguida: él ya había pensado en eso muchas veces, sin entender lo que pasaba en su vida. Sin embargo, como no deseaba dejar al amigo sin respuesta, comenzó a hablar y terminó por encontrar la explicación que buscaba. Y le dijo:
- “En este taller, yo recibo el acero aún sin trabajar y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú cómo se hace esto? Primero, caliento la chapa de acero a un calor infernal hasta que se pone roja. Enseguida, sin ninguna piedad, cojo el martillo más pesado y le doy varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada. Luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido del vapor porque la pieza estalla y grita, a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir varias veces este proceso hasta obtener la espada perfecta: una sola vez no es suficiente”.
El herrero hizo una larga pausa, y siguió:
- “A veces, el acero que llega a mis manos no logra soportar este tratamiento. El calor, los martillazos y el agua fría terminan por llenarlo de rajas. En ese momento, me doy cuenta de que jamás se transformará en una buena hoja de espada. Y entonces, simplemente lo dejo en la montaña de hierro viejo que ves a la entrada de mi herrería.
Hizo otra pausa más, y el herrero terminó:
-Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, y a veces, me siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero. Pero la única cosa en que pienso es: “Dios mío, no desistas hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo de la manera que te parezca mejor, durante el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de hierro viejo de las almas”.
Dice la palabra en Hebreos 12:6-7 “Porque el Señor corrige a quien él ama y castiga a aquel a quien recibe como hijo.” Soportad la corrección, y así Dios os tratará como a hijos. ¿Acaso hay algún hijo a quien su padre no corrija? “

viernes, 18 de julio de 2014

La Buena cosecha - Reflexiones

No hace falta ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere una buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para, impaciente, frente a la semilla sembrada, tirando de ella con el riesgo de echarla a perder, y gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita seas!
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés, no apto para impacientes:
Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable.
En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, al extremo, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece más de 30 metros. 
¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que creció en siete años y seis semanas.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces, que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Tu almacén espiritual

Tener fe consiste en estar agradecido antes de que la oración sea contestada. Es estar convencido de que Dios siempre está presente y nos ayuda. Sin embargo, a veces estamos demasiado pendientes en lo que tenemos o necesitamos y nos olvidamos de ser de bendición a otros. Queremos ayudarles sin antes ir a buscar a Dios para que nos llene de su amor. 
No podemos dar de lo que no tenemos, porque nos encontraremos con hijos que no reciben el amor que necesitan. Y esta situación se da por ejemplo, con gente, no porque sus padres hayan sido malos, sino porque de niños pueden no haber recibido correctamente el amor que necesitaron y en el momento de ejercer la paternidad, no saben hacerlo.

En la vida, tenemos un depósito de cariño, de paciencia y de amor. Este es el regalo más valioso: el amor, que no se demuestra con palabras bonitas, sino con tiempo y acciones. Sin embargo, el nerviosismo, el estrés y las muchas preocupaciones pueden distraernos de demostrar amor a quienes más amamos. Y le dedicamos más tiempo a los amigos, a los compañeros de trabajo, etc.. Pero luego al llegar a nuestra casa, lo que más necesitamos es el amor que no estamos dando.

Pero no podemos dar amor si no lo tenemos. No podemos dar palabras de fe si previamente no las usamos en nuestra vida. ¿De qué estamos llenando nuestro depósito espiritual? ¿Del amor de Dios, de la Palabra o de información variada que nada tiene que ver con lo espiritual?

Debemos cuidarnos de lo que alimenta nuestra mente y espíritu. Puede que estemos todo el día mirando los correos electrónicos, los mensajes del móvil y las noticias, pero cuando ya estamos a punto de quedarnos dormidos, decidimos leer con poco ánimo la Palabra de Dios. Esto no llena nuestro depósito espiritual. Si no tenemos comunión con nuestro Padre Celestial, estaremos basándonos en nuestras fuerzas. Estaremos dando de nuestro limitado amor y no de lo grandioso que el Señor tiene para nosotros.

Lo más importante personalmente, siempre es el amor más que las palabras. Y el amor se ve representado por las acciones. Se trata de una demostración de lo que es más importante. Pero, ¿qué es lo más importante para ti?
Uno puede decir que la familia, el trabajo, la carrera, el deporte... Sin embargo, deberíamos preguntarnos si Dios es o no lo más importante, porque si decimos que somos cristianos, es porque seguimos a Jesús; por lo tanto, lo más importante para Él debiera ser lo más importante para nosotros también.

El Poder del Espiritu Santo

Sin duda muchos cristianos nos preguntamos: ¿Por qué necesito la presencia y poder del Espíritu Santo en mi vida? Haga poco o mucho tiempo de nuestro creer en Jesús de Nazaret como nuestro Salvador y Señor, todos necesitamos la sabiduría, el poder y la dirección del Espíritu Santo para vivir conforme a la nueva vida que hoy tenemos por Él.
En la palabra de Dios, la Biblia, que es nuestra norma de fe y conducta, encontramos varias razones, entre ellas las siguientes:
1. El Espíritu Santo nos enseña, guía y capacita a vivir, según la verdad espiritual que Jesucristo enseñó.
San Juan cita las palabras de su Maestro: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14.26; 16.13).

2. 
El Espíritu Santo glorifica a nuestro Salvador; constantemente honra, exalta y celebra lo que Jesucristo ha hecho y hace por nuestra salvación y santificación.
Jesús mismo afirma: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16.14).

3. N
ecesitamos el poder y habilidad que el Espíritu Santo genera, para cumplir con la tarea de proclamar la buena noticia de que Jesús de Nazaret es el único Salvador y Señor del universo, comenzando por nuestra familia, amistades, vecinos, hasta llegar a todo rincón del mundo.
El Señor dijo a sus discípulos: “…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1.8).
4. Después de ser adoptados hijos de Dios por la fe en Jesucristo, Dios envía el Espíritu Santo a nuestro corazón, para confirmar que somos sus hijos herederos y coherederos con Cristo de su reino (Romanos 8.15-17).
Después de esta experiencia personal, tenemos la libertad, la seguridad y la plena confianza de dirigirnos a Dios como nuestro querido Padre, igual que su Hijo unigénito, manifestando obediencia a su voluntad (Marcos 14.36).

¿Cuál es la definición de una secta?

Frecuente es la creencia de que una secta es un grupo de adoradores de Satanás que sacrifican animales; que tiene que ver con lo malo, con rituales paganos. Pero en realidad, la mayoría de las sectas aparentan ser mucho más inocentes. La definición cristiana específica de una secta, es un grupo religioso que niega uno o más de los fundamentos de la verdad bíblica. O en términos más simples, una secta es un grupo que enseña algo que causará que una persona no se salve, si cree en lo que ella dice. A diferencia de una religión, una secta es un grupo que se dice ser cristiano y sin embargo niega una o varias verdades esenciales del cristianismo bíblico.

Las dos enseñanzas diferenciadoras más comunes de las sectas son, que Jesús no es Dios y que la salvación no es solo por fe. La negación de la deidad de Cristo concluye en que la muerte de Jesús no fue un pago suficiente por nuestros pecados. Y la negación de la salvación solamente por la fe, concluye en que la salvación se obtiene por nuestras propias obras, algo que la Biblia niega constante y vehementemente. 


Los dos ejemplos más conocidos de sectas son los Testigos de Jehová y los Mormones. Ambos grupos dicen ser cristianos, sin embargo, ambos niegan las dos doctrinas claves antes mencionadas. Los Testigos de Jehová y los Mormones creen muchas cosas que concuerdan o son similares a las que enseña la Biblia. Sin embargo, el hecho de que nieguen la deidad de Cristo y la salvación únicamente por la fe, los califica como sectas. Muchos Testigos de Jehová, Mormones y miembros de otras sectas son “buenas personas”, personas que verdaderamente buscan a Dios y creen poseer la verdad, pero...
Nuestra esperanza y oración es que mucha gente involucrada en las sectas “cristianas”, vea más allá de las mentiras y sean llevadas hacia la verdad de la salvación a través de Jesucristo.

¿Hablaste hoy con Él?

Ahora es el momento oportuno: ¡busquen a Dios!; ¡llámenlo ahora que está cerca! Arrepiéntanse, porque Dios está siempre dispuesto a perdonar; él tiene compasión de ustedes. Isaías 55:6-7 (TLA)
Orar es hablar con Dios, es la manera en la que nos comunicamos con nuestro Padre y Creador. No se trata de repetir determinadas palabras aprendidas, sino de expresar todo lo que sentimos y compartir con Dios todo lo que tenemos guardado en nuestro interior; dicho de otro modo, es poner al descubierto nuestro corazón delante de Él.
Nuestra vida debe convertirse en una vida de oración. Por esto debemos desear tener tiempos con Dios, diarios y constantes. Los tiempos personales y grupales de oración se complementan, no se reemplazan los unos por los otros.
Cuando Jesús estuvo físicamente en la tierra, su prioridad siempre fue pasar tiempo a solas con su Padre. Aunque Jesucristo era completamente Dios, también era completamente humano. Se vio sometido a una vida de impresionantes presiones y de continuas persecuciones. Al llevar a cabo su ministerio, tuvo que enfrentarse con una creciente oposición, continuamente acosado e incluso teniendo hambre y sed. Pero para poder manejar todo esto Jesús se apartaba a orar. Se retiraba a solas, para buscar a su Padre y tener comunión con Él.
En Mateo 26:39-46 la biblia nos relata lo siguiente:
Cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos, les dijo: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.
Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.
Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.
Vino luego a sus discípulos y los halló durmiendo y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.
Y dejándolos, se fue de nuevo y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya y descansad. He aquí ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.