Esta historia aconteció en una aldea de Escocia, una de las cuatro naciones que conforman el Reino Unido. Trata de las aflicciones de una madre cristiana por su hija, que siendo muy jovencita tomó el mal camino, determinándose a salir de su hogar para llevar una vida licenciosa dejándola sola.
Como era habitual, llovía intensamente, y la madre pensaba en su hija imaginando que debía estar pasando frío; muchas noches las pasó en vela esperando su regreso; también podría a buscarla pero no sabía en qué ciudad estaba. Todos los días hacía mención de su hija en sus oraciones, rogando al Señor que pusiera el medio para que volviera a su hogar.
Como era habitual, llovía intensamente, y la madre pensaba en su hija imaginando que debía estar pasando frío; muchas noches las pasó en vela esperando su regreso; también podría a buscarla pero no sabía en qué ciudad estaba. Todos los días hacía mención de su hija en sus oraciones, rogando al Señor que pusiera el medio para que volviera a su hogar.
Cierta noche, el agua caía desde el cielo torrencialmente, y su corazón triste de mamá, no hacía más que pensar en ella, cuando, de improviso, sintió fuertes golpes a su puerta. Al abrir, se encontró con una muchacha apenas cubierta con unos trapos muy delgados y empapados a más no poder; “pobre muchacha”, pensó.
—Mamá, ¿me perdonas?, dijo la joven. La madre, apenada y regocijada a la vez, abrazándola, la introdujo al interior de su casa.
—No hay necesidad de que te perdone, jamás te he juzgado, pero te voy a pedir que oremos para que el Señor Jesús entre a tu corazón, dijo.
—Pero mamá, a eso he venido. Necesito tu perdón por haberme portado tan mal, ya tengo el perdón de Dios, mi corazón ahora le pertenece a Jesús, respondió la hija.
—¿Qué me dices, hija?, preguntó.
—Sí mamá, hace dos semanas acepté a Cristo como mi Salvador personal, Él vino a mí cuando más lo necesitaba, y caminé durante días para contártelo, dijo la hija.
