Aún después de ser salvo, el ser humano no puede tener una vida de fe totalmente victoriosa, en permanente crecimiento, a menos que siga creciendo en la Palabra por medio del ministerio del Espíritu Santo.
Cuando Jesús se encontraba en la tierra con sus discípulos, no era solamente su Señor quien no les podía fallar, era el Consolador que los cuidaba, los alimentaba, los sanaba y los mantenía libres de los ataques del enemigo. Por eso, cuando los iba a dejar, los discípulos se sentían como huérfanos desconsolados. Ese protector y amigo fiel los estaba dejando. y ellos no comprendían Su promesa.
Así como Cristo caminaba, consolaba, guiaba, sostenía, fortalecía y era amigo de los discípulos, así también el Espíritu Santo quiere ser con nosotros. Jesús dijo: para que esté con vosotros para siempre.

