Cuando alguien nos lo cuenta, cuando lo vemos, cuando nos enteramos o vivimos un problema que de alguna manera nos afecta, nos sentimos mal; es normal, lo que no es normal es que ese problema se engrandezca en nuestra mente, hasta el punto de que nos absorba el pensamiento y no veamos otra cosa que el mismo. Todas las cosas nos van bien excepto ese pequeño problema, pero como el problema lo hemos agrandado en nuestra mente, comenzamos a ver todo mal e incluso nos vemos mal nosotros mismos. La gente que está acostumbrada a agrandar los problemas no pueden ser felices, porque a ellos cualquier situación les parece un mundo. Las frases que dicen estas personas son sorprendentes; dicen que todo les va mal, que nunca levantan cabeza, que no salen de una para meterse en otra, etc…, frases que expresan cómo han agrandado un problema hasta convertirlo en algo casi tan o más importante que la propia vida.
Después ese problema se resuelve, pero aparece otro que también se agranda. Y aparece otro que también se masifica, porque un abismo llama a otro abismo, como dice el Salmo 42:7 un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas. Observe la frase "como el abismo llama a otro por medio de una voz procedente de la cascada". Cascada aquí significa alcantarilla, acueducto subterráneo, sumidero, que hace que el abismo continúe abriéndose paso. Nuestra actitud frente a los problemas es lo que hará que ese problema no llame a otro, como un abismo a otro, y lo que está claro es que cuando agrandamos los problemas, creamos una cascada con voz, un acueducto por donde los problemas llaman a otros problemas.

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