lunes, 15 de mayo de 2017

El Consolador

 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Juan 16;13
Cuando subí al avión para ir a estudiar a una ciudad lejana, me sentí nerviosa y sola. Pero durante el vuelo, recordé cómo Jesús les prometió a sus discípulos la presencia consoladora del Espíritu Santo.
Los amigos de Jesús seguramente quedaron desconcertados cuando Él les dijo: «Os conviene que yo me vaya» (Juan 16:7). ¿Cómo podían ellos, que habían presenciado sus milagros y aprendido sus enseñanzas, estar mejor sin Él? Sin embargo, Jesús les dijo que, si se iba, vendría el Consolador, el Espíritu Santo.
Cuando llegaron sus últimas horas en la Tierra, Jesús les compartió algo a sus discípulos (en Juan 14–17, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros) para ayudarlos a entender su muerte y ascensión. Lo fundamental de esta conversación fue la venida del Espíritu Santo, un consolador (14:16-17) que estaría con ellos (15:15), les enseñaría, testificaría (verso 26) y los guiaría (16:13).
Los que aceptamos la nueva vida que Dios nos ofrece, recibimos este regalo de su Espíritu que mora en nosotros, nos convence de pecado y nos ayuda a arrepentirnos. Este Consolador nos conforta cuando sufrimos, nos fortalece para soportar las pruebas, y nos da sabiduría para entender las enseñanzas de Dios, esperanza y fe para creer, y amor para compartir.

Padre, gracias por enviar a tu Hijo a salvarnos y a tu Espíritu a consolarnos.
El Espíritu Santo llena a los seguidores de Jesús.

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Es buena la venganza?

No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.» Romanos 12:19.


Resultado de imagen de ¿ES BUENA LA VENGANZA?Dios indicó al profeta Samuel que debía buscar un nuevo rey. Samuel, obedeciendo la orden de Dios, fue a casa de Isaí, y de entre todos sus hijos eligió al menor, David, que era pastor de ovejas.
«¡Si es un niño!», decían sus hermanos. Pero Dios lo había escogido porque tenía un corazón dispuesto a obedecerlo. Samuel derramó algo de aceite sobre la cabeza de David y oró por él.
Sin embargo, en esos días, el rey que todavía gobernaba a Israel era Saúl. Saúl se llenó de celos y quiso matar al joven futuro rey.
David tuvo que huir, y durante mucho tiempo anduvo de un lugar a otro. Un día, Saúl y su ejército casi lo alcanzaron, así que tuvo que esconderse en una cueva. Esa noche, mientras sus enemigos dormían en el campamento, David bajó cautelosamente y cortó un pequeño trozo del manto (tela) de Saúl.
Al día siguiente, desde la montaña, David le gritó al rey y le mostró el trozo del manto. ¿Crees que David pudo haber matado a Saúl? ¿Por qué crees que no quiso? 
Él amaba a Dios, así que no devolvería mal por mal.
La venganza nunca será el mejor método para resolver un conflicto. La Biblia dice que cuando alguien te haga algo malo, tú respondas con algo bueno, pues Dios hará justicia por ti. Ahora, en el pequeño trozo de tela, escribe «Nunca me vengaré».

Querido Jesús, ayúdame hacer como David y desear el bien a los que me hacen el mal. Amén.

Doy Gracias a mi Cristo

Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Efesios 5:20.
Hoy, cuando me levanté escuché en el patio de mi casa a los pájaros cantar alegremente, mientras el sol bañaba con su manto toda la creación. Aún en mi cama, escuché el trinar de las aves, y salió de mi corazón, como un murmullo lleno de admiración, la expresión - GRACIAS SEÑOR, POR TODO LO QUE HOY ME DAS. Y entonces recordé las palabras de aquella poesía que dice:
“Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco. Y en el alto cielo su fondo estrellado y en las multitudes los seres que yo amo”.
“Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario. Con él las palabras que pienso y declaro. Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando, la ruta del alma del que estoy amando”.
“Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me ha dado la marcha de mis pies cansados. Con ellos anduve ciudades y charcos. Playas y desiertos, montañas y llanos. Y la casa tuya, tu calle y tu patio”.
“Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me dio el corazón que agita su marco, cuando miro el fruto del cerebro humano, Cuando miro al bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros.”
“Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto, los dos materiales que forman mi canto, y el canto de ustedes que es mi mismo canto. Y el canto de todos que es mi propio canto”. Gracias a mi Cristo. Gracias a mi Cristo. 

Me salvó la fe

Me contaba mi abuela, que viviendo ella en una vecindad llamada San Isidro, donde solo había una bodega, el bodeguero tenía la vieja costumbre de orar antes de hacer caja al finalizar la venta del día. Oraba por la multiplicación de sus ingresos, por la seguridad y solidez de su negocio y terminaba dando gracias a Dios.
Era la tarde del año 1944, finalizando la Segunda Guerra Mundial, y los potenciales clientes no tenían mucho dinero, pero lo poco que poseían era de gran valor. El bodeguero había recibido un mensaje del sargento de policía diciéndole que pasaría a visitarlo, y dejó la puerta entreabierta para que pasara el visitante; mientras él, después de orar, contaba su dinero.
Resultado de imagen de Me salvó la feSe sintió el crujir de la puerta que se abría del todo. El comerciante no levantó la cabeza porque sabía de quién se trataba, y sin mirar dijo: -Buenas tardes sargento, ¿en qué puedo servirlo?
No obtuvo respuesta, solo oyó unos pasos que apresuradamente se le acercaban. Entonces levantó la vista y para su sorpresa, una mano con un machete amenazador estaba ante él. Pronto se dio cuenta del peligro que corría, y sin dar un paso atrás, aunque con el mostrador de la tienda por medio, estaba al alcance del agresor quien sin perder tiempo le gritó: -¡Dame todo el dinero que tienes!
Pero nuestro hombre, con asombrosa tranquilidad, respondió: -Te lo daré todo, es más, hasta un caballo para marcharte si lo necesitas, porque sé que estás huyendo por la forma en que te has presentado ante mí-. Decía esto y continuaba contando los billetes; lo hacía una y otra vez, pero a la vez que no parecía prestarle atención al asaltante, estaba atento y continuaba conversando: -Te sugiero que no cometas una locura, ya te dije que te lo daré. Yo me vi en una situación como la tuya en una ocasión; pero te advierto que si haces algo imprudente te puede costar caro. Tengo un revólver listo para disparar debajo de esta caja registradora y créeme, es más fácil que te perfore el estómago que tú muevas ese machete. No pensarás que soy tan tonto para hacer caja con la puerta abierta para que alguien como tú me robe.

Cuando llega la prueba a nuestra vida

Entonces respondió Elifaz el temanita, y dijo: Si probamos a hablarte, te será molesto; Pero ¿quién podrá detener las palabras? He aquí, tú enseñabas a muchos, y fortalecías las manos débiles; al que tropezaba enderezaban tus palabras, y esforzabas las rodillas que decaían. Mas ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas; y cuando ha llegado hasta ti, te turbas. ¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos?” (Job 4:1-6)
Éstas fueron las palabras de uno de los amigos de Job que fue a consolarlo por la prueba tan dura que estaba atravesando. Ese amigo se llamaba Elifaz, el temanita, le dijo palabras llenas de verdad para hacer reflexionar a Job sobre el porqué de su condición y cómo debía afrontarla, pero su alocución no era completamente efectiva para la vida de Job, pues él no conocía lo que al principio del libro se nos da a conocer a nosotros los lectores: Job no estaba sufriendo a causa de sus pecados o sus injusticias, pues él era justo y recto, sino porque satanás quería destruirlo para hacerlo blasfemar contra Dios.
Pero aunque las palabras de Elifaz no se podían aplicar correctamente a la vida de Job, sí nos dan enseñanzas muy importantes a cada uno de nosotros, para reflexionar en ellas en los momentos en los que pasamos por las pruebas en nuestra propia vida. Reflexionemos en esas enseñanzas que podemos tomar para nosotros, cuando la prueba llega a nuestra vida.
I) EN LA PRUEBA ES CUANDO VERDADERAMENTE DEMOSTRAMOS NUESTRA CONFIANZA Y FE EN DIOS (versos 1-5)
Tal como lo dijo Elifaz, quizá nos podamos molestar con la verdad, pero es necesario que se nos diga la verdad para poder reaccionar, y esa verdad es que muchos de nosotros somos buenos para animar, para consolar, para fortalecer, cuando la prueba llega a la vida de otras personas; en cambio nos desanimamos, nos turbamos, es decir, no sabemos qué hacer ni qué decir, nos sentimos desalentados, cuando la prueba llega a nuestra propia vida.
Resultado de imagen de Cuando llega la prueba a nuestra vidaEl Señor nos hace comprender por medio de la prueba en nuestra vida, que no debemos juzgar ni ser crueles con las críticas que hacemos a otros cristianos que se apartan, que se desalientan, sino más bien orar por ellos y apoyarlos, pues eso mismo es lo que nosotros quisiéramos recibir en los momentos de prueba y de aflicción.
En la prueba, Dios nos hace comprender que no es lo mismo hablar que creer en Él, que no es lo mismo dar un consejo que aplicarlo a nuestra vida, pues en la prueba el Señor nos hace reconocer lo firme que es nuestra fe.
II) EN LA PRUEBA TENEMOS QUE REFLEXIONAR EN LO QUE SEMBRAMOS EN EL PASADO (versos 7-8)
Elifaz quería hacer reflexionar a Job sobre la ley de la siembra y la cosecha, y por eso le pregunta ¿Qué inocente se ha perdido? Quería hacerlo comprender que su situación actual podía ser a causa de algún pecado que hubiera cometido, y estuviese recibiendo la consecuencia o el castigo de parte de Dios.
En el caso de Job sabemos que no era así, pero, ¿y en nuestra vida? ¿Estaremos cosechando lo que hemos sembrado? ¿Estaremos sufriendo las consecuencias de nuestro pecado? El único que puede responder esa pregunta somos cada uno de nosotros. Interiormente, en lo íntimo del corazón, en la prueba de nuestra vida el Señor quiere de nosotros sinceridad de corazón (Salmo 51:4 y 6).
Tenemos que pedir a Dios misericordia por medio de un corazón arrepentido, y Él nos la dará como lo ha prometido en su palabra (Proverbios 28:13).

sábado, 13 de mayo de 2017

Humildad

Desde siempre el ser humano ha tratado de justificarse por sus obras. Muchos tratan de ser personas buenas y sinceras que hacen lo que es debido. Pero Jesús dice que la única manera de llevar una vida buena de verdad es permanecer cerca de Él, como un pámpano unido a la vid. Separados de Cristo, nuestros esfuerzos no llevan fruto. La biblia dice:
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Juan 15:8 (Versión Reina Valera)
Cuando la vid lleva mucho fruto, Dios se glorifica, ¿En qué? En que Él envía el sol y la lluvia todos los días; por la voluntad de Dios, dicha planta recibe lo necesario para su florecimiento. Esta analogía de la agricultura, muestra cómo se glorifica Dios cuando la gente establece una buena relación con Él y comienza a «llevar mucho fruto» en sus vidas.
Una historia me hizo reflexionar. Iba un labrador a visitar sus campos para ver si los frutos estaban en sazón en la cosecha. Había llevado consigo a su pequeña hija, Luisita. Mira, papá, dijo la niña sin experiencia, cómo algunas de las cañas de trigo tienen la cabeza erguida y altiva; sin duda serán las mejores y las más distinguidas, sin embargo esas otras de su alrededor, que la bajan casi hasta la tierra, serán seguramente las peores. El padre cogió algunas espigas y dijo: — Mira bien, hija mía: ¿ves estas espigas que con tanta altivez levantan la cabeza? Pues están enteramente vacías. Al contrario, estas otras que la doblan con tanta modestia, están llenas de hermosos granos.
Dice la biblia:
Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Santiago 4:6 (VRV)

El sabio y el bueno son humildes: la soberbia es propia del ignorante y del malo.

¿Quién es el mayor?

(Los discípulos preguntaron a Jesús:) ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Mateo 18:1-3
Inline image 1Esta pregunta se repite continuamente. ¿Quién es el más fuerte en el patio de la escuela? ¿Quién es el primero de la clase? ¿Quién ganó la carrera? ¿Quién tiene el mejor salario? Y la lista podría continuar.
Cuando los discípulos le hicieron esta pregunta, Jesús llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Les mostró que los que quisieran entrar en el reino de los cielos tenían que convertirse y volverse como niños. Así debemos recibir el Evangelio, con humildad, renunciando a nuestra propia inteligencia y a toda pretensión. ¡Somos salvos únicamente por la fe!
Luego Jesús respondió a la pregunta: “Cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos” (verso 4). Así que, entre los creyentes, somos grandes en la medida en que nos humillemos. Somos grandes cuando nos ponemos a disposición de los demás. La verdadera grandeza está ligada al amor, que se complace en servir y darse a los demás.
Dios detesta el orgullo. La soberbia y la arrogancia… aborrezco”, dice el Señor (Proverbios 8:13). “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Si tenemos una alta opinión de nosotros, Dios tendrá que enseñarnos a ser humildes. Pensemos en la humillación voluntaria de nuestro Señor. Él es nuestra verdadera vida, nuestro tema de gloria (Gálatas 6:14). Nuestra riqueza es su amor, su fidelidad. Pensando en Él, en sus intereses, nos olvidamos de nosotros y podemos reflejar algunos rasgos de su belleza moral.

Guardó todos los mandamientos

«Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Juan 15: 10, BA

Cristo representó ante los hombres y los ángeles el carácter del Dios del cielo. Demostró que cuando la humanidad depende enteramente de Dios, los hombres pueden guardar sus mandamientos y vivir, y su ley será como la niña de sus ojos.
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El ejemplo de Cristo reviste autoridad para cada hijo e hija de Adán. Él manifestó la ley de Dios en su vida, dando a los seres humanos un ejemplo de lo que pueden lograr en su favor obedeciendo todos los mandamientos divinos. Jesús es nuestro ejemplo, y por eso, de todo el que esté dotado de facultades de raciocinio se requiere que siga en sus pisadas; porque su vida es un modelo perfecto para toda la humanidad. Cristo es la norma completa de carácter que todos pueden alcanzar si participan de la naturaleza divina. «En Cristo, ustedes están completos» (Colosenses 2: 10, PDT).
¿Cómo anduvo el Redentor del mundo? No únicamente complaciéndose a sí mismo, sino glorificando a su Padre al realizar las obras de Dios y elevar a los seres humanos caídos que habían sido hechos a imagen de su Creador. Por precepto y ejemplo enseñó el camino de la justicia, manifestando el carácter de Dios y dando al mundo una norma perfecta de excelencia moral en la humanidad.
Los dos grandes mandamientos de la ley deben regular la conducta de todos los seres humanos. Esta fue la lección que Jesús enseñó por precepto y ejemplo. Dijo a la gente: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22: 37-39). El Señor Dios del cielo requiere de las seres humanos amor y culto supremos.

El Segundo Adán

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).

Cuando Dios acabó la obra creativa del universo, y habiendo pasado examen a todas las cosas creadas, vio que «todo era bueno». El hombre constituía la obra cumbre de la creación, el ser semejante a Dios: inteligente, dotado de voluntad propia, conciencia y espíritu. Toda la creación ofrecía un bello espectáculo de armonía, equilibrio y obediencia a las alineaciones de su Creador. Pero aquel espectáculo de hermosura fue de pronto quebrantado con la entrada del pecado al mundo.

huerto del eden, manzana, tentacion, eva, Adán1. El escenario del pecado: En el decurso de la historia humana jamás ha habido un día más negro, triste y amargo, que el día en que el pecado hizo su entrada en el mundo. Los ángeles del Cielo debieron haber suspendido sus alabanzas y el gozo se convirtió en tristeza, por cuanto el pecado había venido a mancillar la perfecta y hermosa creación de Dios. Desde ese momento era necesario un Salvador. El hombre jamás llegaría a liberarse del pecado, y el mundo jamás volvería a quedar limpio y armonioso. Desde entonces, el pecado comenzó una obra demoledora, desquiciadora. El pecado se fue multiplicando con rapidez sorprendente, como el germen mortífero más terrible que haya conocido la humanidad. Frente al pecado no han valido de nada las reformas sociales, la cultura o la educación. El pecado sigue su ritmo de multiplicación asombrosa, de tal manera que cada día el mundo se va despeñando hacia el abismo ignominioso del pecado en todos los órdenes de la vida.

2. El vehículo del pecado: «El pecado entró… por un hombre». El hombre fue el instrumento idóneo para introducir el pecado. El hombre se prestó a los planes satánicos de corromper la hermosa creación de Dios. Desde entonces se hacía necesario que otro hombre rescatara lo que el primero había perdido; que otro hombre, situado en el pecaminoso ambiente del mundo, fuera Reivindicador y Redentor del mismo hombre. Habiendo entrado el pecado por un hombre…, pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Nadie pudo ni nadie podrá quedar exento del pecado. En la soledad del anacoreta, allí hay pecado; en el interior del hogar más respetable, allí entró el pecado; en la vida del hombre más piadoso, allí hizo morada el pecado. El pecado no ha respetado al noble ni al plebeyo, ni al rico ni al pobre, ni al sabio ni al ignorante. Todos por igual, «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23), reafirmando una y otra vez que «no hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10).