Nuestro objetivo como Iglesia es llevar a la gente a la fe en Jesús e integrarla en la familia de Dios. Y que nuestro carácter se parezca al de Cristo, glorificando a Dios y sirviendo en toda buena obra.
En 1939 las tropas soviéticas entraron y anexaron los estados del Báltico, incluyendo a Latvia (Letonia).
El vicecónsul estadounidense en Latvia, de capital Riga, vio lo que estaba pasando y le preocupaba que los soldados soviéticos saquearan la sede de la Cruz Roja Americana.
Entonces se comunicó con el Departamento de Estado, para pedir autorización para izar la bandera de los Estados Unidos más alta que la bandera de la Cruz Roja, y proteger de este modo las provisiones que allí había, pero la respuesta de sus superiores fue: "No existe precedente alguno para actuar de esta manera.
Aún así, el vicecónsul izó la bandera.
Luego mandó un mensaje al Departamento de Estado en el que decía: En esta fecha, he establecido un precedente.
Por lo general, las soluciones están en el ojo del observador.
En el mundo hay muchos que se detienen cuando alguien les pone un límite. Sin embargo, los que se han abierto paso en la vida son aquellos que frente a las limitaciones se atreven a marcar un precedente. Muchos dicen, eso nunca se ha hecho o ya se probó antes y no funcionó.
Hay abundantes mandatos bíblicos en cuanto a rendirnos cuentas unos a otros. Pero, para muchos, la idea de revelar información personal parece negativa e incluso una invasión de la privacidad. Hacer tal confesión parece ser un obstáculo para la búsqueda de placer, prosperidad y prestigio. La mayoría de las personas prefieren ser reservadas y no involucrar a nadie más en sus asuntos. La Biblia, sin embargo, deja claro que los cristianos deben apoyarse y rendirse cuentas mutuamente: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5.16). La rendición de cuentas en el cuerpo de Cristo es un principio bíblico. Los miembros de la iglesia se sujetan a su pastor (Hebreos 13.17). Pablo nos dice que nos sometamos unos a otros (Efesios 5.21). Y él era responsable ante la iglesia (Hechos 14.27), así como Timoteo estaba subordinado a él (1 Timoteo 4.13-16). Los apóstoles estaban, por supuesto, bajo la autoridad de Jesús, así como Jesús estaba sometido al Padre (Juan 8.28, 29). Y, lógicamente, la Biblia nos dice que toda la iglesia está sujeta al Señor Jesucristo (Efesios 5.24). Sea cual sea la posición de una persona, todo el mundo es responsable ante alguien. Y esto es válido para toda la familia de la fe, desde la congregación hasta el Señor mismo, quien sirvió a Dios Padre.
Las personas evitan rendir cuentas por diversas razones, entre ellas orgullo, ignorancia y temor. Esto es peligroso, pues nuestro enemigo conoce nuestras debilidades y sabe cómo explotarlas. Pero podemos vencer con el apoyo de nuestros hermanos en la fe. Hay poder en el cuerpo de Cristo.
Necesitaba un tanque de agua subterráneo y sabía exactamente cómo lo quería, así que di instrucciones claras al constructor. Al día siguiente, cuando inspeccioné el proyecto, me incomodé al ver que no había seguido mis indicaciones. Había cambiado el plan y, por lo tanto, el efecto. La excusa que me dio fue tan irritante como no haber seguido mis instrucciones. Pero cuando lo vi rehacer el trabajo y mi frustración disminuía, sentí culpa: ¿Cuántas veces he necesitado rehacer las cosas en obediencia al Señor? Así como los antiguos israelitas no hacían muchas veces lo que Dios les pedía, también nosotros solemos hacer las cosas como queremos. Pero la obediencia es lo esperado de nuestra relación creciente con Dios. Moisés dijo al pueblo: «Mirad, pues, que hagáis como el Señor vuestro Dios os ha mandado (…). Andad en todo el camino que el Señor vuestro Dios os ha mandado» (Deuteronomio 5:32-33). Mucho después de Moisés, Jesús exhortó a sus discípulos a confiar en Él y a amarse unos a otros. Esta sigue siendo la clase de entrega que nos beneficia. Ahora que el Espíritu nos ayuda a obedecer, es bueno recordar que «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Señor, gracias por todas las oportunidades que nos das.
Cuanto más cerca andamos con Dios, más claro vemos su guía.
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.(Mateo 5:3)
Jesús comienza las bienaventuranzas con una declaración muy profunda, declarando que gozan de felicidad (otorgada por Dios), aquellos que son calificados como “pobres en espíritu” porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Este calificativo de Cristo: “pobres en espíritu” no parece ser la primera de las bienaventuranzas por casualidad, pues todo parece tener un orden divino cuando comenzamos a estudiarlas.
Jesús se refiere a un calificativo nuevo, a una categoría nueva de pensamiento: "pobres en espíritu". Era de esperar que aquellos discípulos y la multitud que le rodeaba, sumergidos bajo el yugo del imperio romano, estuviesen anhelando un rey político que los libertara de su pobreza y de su desgracia económica.
Era factible pensar que muchos no entenderían este concepto divino de ser pobres en espíritu.
Pero Jesús se refiere a un nuevo tipo de pobres, a otro tipo de pobreza, dejando en sus pensamientos una profundidad teológica que nunca antes se había escuchado, y que viene a ser fresca y profunda en pleno siglo XXI.
Ser pobres en espíritu significa un vacío total en el corazón humano. Es tener sed de Dios y la comprensión profunda de que nuestras más sublimes obras de piedad no son méritos que nos permitan alcanzar cierta bonanza divina.
Es comprender nuestra naturaleza adánica, es sentirnos débiles y enfermos por el cáncer del pecado. Pobres en espíritu es ser conscientes de la pobreza espiritual que hemos heredado por una rebelión que comenzó hace siglos, en el huerto del Edén. Y es que todos somos parte de esta rebeldía. (Romanos 3:23)
¿Has venido con manos vacías a la presencia de Dios?
Esto es parte de una pobreza espiritual, y es la única manera de alcanzar El Reino de los Cielos.
No queda otraque el descanso total en la Obra de Jesús.
Cerca de Tokio vivía un gran samurai, ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que aún era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido un combate.
Conocía la reputación del samurai, y fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío. Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad, y el joven comenzó a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo inclusos a sus ancestros. Durante horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible.
Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró. Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: ¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? Por qué no usaste tu espada, aun sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
El anciano maestro samurai respondió: Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y Uds. no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? -A quien intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos.
-Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos, dijo el maestro. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.
Eclesiastés 10:12 Las palabras de la boca del sabio son gracia; mas los labios del necio causan su propia ruina. Proverbios 10:19 En las muchas palabras no falta pecado: Mas el que refrena sus labios es prudente. Proverbios 12:6 Las palabras de los impíos son para acechar la sangre: Mas la boca de los rectos los librará Proverbios 22:17 Inclina tu oído, y oye las palabras de los sabios, y pon tu corazón a mi sabiduría. Proverbios 24:26 Besados serán los labios del que responde palabras rectas.
Hace unos días, mientras veía de nuevo una de las retransmisiones de los juegos olímpicos de Londres, me llamó mucho la atención un caso muy particular de un joven surcoreano llamado Im Dong Hyun. Se trata de una persona declarada oficialmente ciego, de hecho comentaban que su capacidad visual es del 10% de lo que ve una persona normal, además de mencionar que en su país le fue denegado el permiso de conducir, y que no puede andar solo porque no ve los letreros de las calles, ni siquiera un teclado de ordenador. Sorprendentemente, en el deporte de tiro con arco tiene un récord olímpico, y cabe mencionar que su país ganó la medalla de oro en equipo, debido en gran parte a la capacidad de este joven. Mientras veía su actuación, notaba que sus puntuaciones entre el 1 y 10 eran únicamente 9 y 10, y escuchaba decir que en una entrevista, al preguntarle cómo tenía tan buena puntería, mencionó: “No puedo ver las marcas, solo los colores y en eso me concentro”.
¿A dónde quiero llegar con esta historia?, a tomar el gran ejemplo de Im Dong Hyun. Él no puede ver nada más que el color a donde va dirigida su flecha, es decir, su vista no está enfocada hacia ningún lado más que en el color del objetivo, y sus tiros son tan certeros como ningún otro; él solo se concentra en el punto que desea alcanzar viendo solamente el color, que para él es lo más importante, y se olvida de lo demás porque simplemente no lo ve, para él no existe más que el sitio donde sabe que está el objetivo.
Este caso, además de hablar del deseo de sobresalir del chico, es un gran ejemplo de motivación. ¿Cuántas veces estamos deseosos de alcanzar un objetivo y nos termina distrayendo todo lo que está alrededor?,... que si lo que dice la gente, que si la distancia o dificultad que enfrentamos, y tantas cosas que nos influyen y desvían de nuestro objetivo principal, dar en el centro de nuestra meta.
Quizá tengas un sueño por alcanzar o estás a la espera de cumplir un gran anhelo de tu corazón y ya lo has puesto en manos de Dios, pero aunque eso te da la seguridad de que lo puedes lograr, te ha faltado cumplir con algo muy importante: NO PERDER DE VISTA EL OBJETIVO, pese a lo que hay alrededor, a las dificultades, a las limitaciones, o a lo que digan y opinen los demás.
Comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Mateo 4:17 Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Isaías 1:18
En nuestra época se habla mucho de cambios: climáticos, políticos, tecnológicos… Este tipo de cambios son ajenos a nuestra persona, y es fácil hablar de ellos sin que haya grandes consecuencias. Mas al contrario, Dios nos invita a tener un cambio interior. Este cambio se llama arrepentimiento y nos conduce a la vida eterna.
El arrepentimiento no es la penitencia, ni los remordimientos, como tampoco es una mejoría de nuestro comportamiento. Es un cambio radical que se opera en la raíz de lo que somos, y nos lleva a pensar y a actuar de forma completamente diferente. ¡Significa dar la espalda al pecado para volverse a Dios!
Samuel y Sandra se preocuparon cuando nuevamente el tren se detuvo. -No vamos a llegar a tiempo para tomar el otro tren que nos lleve a casa, dijo Sandra. -Así como vamos, tendremos que quedarnos en ese pequeño pueblo minero, y no me agrada mucho la idea porque he sabido que los hombres de allí son algo salvajes, cegados por encontrar oro, expresó con preocupación Samuel.
Ambos creyentes, eran misioneros en un sector lejano de Australia, y no desaprovechaban la oportunidad de dar testimonio del Señor Jesús donde estuvieran. Ya en aquel pequeño pueblo, superando sus temores, y estando en la plaza, optaron por cantar a viva voz, y ambos lo hacían muy bien, “tal como soy, sin más que decir, que a otro yo no puedo ir; y tú me invitas a venir. Bendito Cristo, vengo a ti”, decía una estrofa. Poco a poco, algunas personas se acercaron, interesadas en ver a las personas que cantaban, y también algunas ventanas se abrieron. Sin embargo, un poco más lejos, un muchacho lloraba amargamente; había dejado su hogar para, mediante la búsqueda de oro, hacer que su vida cambiara, se había cansado de la pobreza.
Le había ido muy mal y desesperado, quiso acabar con su vida. Para eso, llevaba un arma de fuego debajo de sus ropas, hasta que escuchó el himno que Samuel y Sandra cantaban en la plaza, “tal como soy, sin más que decir, que a otro yo no puedo ir…”; apartó su atención de lo que iba a hacer, y sus pasos lo condujeron hasta acercarse a la pareja de misioneros, y así fue como la canción de un matrimonio cristiano que amaba al Señor y a los hombres, evitó una tragedia y salvó a un joven necesitado. El retraso del tren no había sido casual, había un alma que salvar.