martes, 10 de noviembre de 2015

“¿Quiénes son los 144,000?”

El libro de Apocalipsis siempre ha presentado desafíos para su interpretación. Está repleto de vívidas imágenes y simbolismos, los cuales la gente ha interpretado de manera diferente dependiendo de sus concepciones del libro como un todo. Hay cuatro posturas ante libro de Apocalipsis: 
1) Preterista (la cual ve todos o la mayoría de los eventos de Apocalipsis como ya ocurridos al final del primer siglo); 
2) Historicista (que ve Apocalipsis como un panorama de la historia de la Iglesia desde los tiempos apostólicos al presente); 
3) Idealista (la cual ve Apocalipsis como una representación de la lucha entre el bien y el mal); 
4) Futurista (ve Apocalipsis como la profecía de los eventos por venir). 
De estas cuatro, solo la postura futurista interpreta Apocalipsis con el mismo método histórico-gramatical que el resto de la Escritura. También es la que mejor se ajusta con la propia afirmación de Apocalipsis de ser un libro profético (Apocalipsis 1:3; 22:7, 10, 18, 19).
Así que la respuesta a la pregunta, “¿Quiénes son los 144,000?” dependerá de qué postura interpretativa elijas respecto al libro de Apocalipsis. Con la excepción de la postura futurista, todas las otras interpretan los 144,000 simbólicamente, como representativos de la iglesia; y exactamente, el número “144,000” como simbolismo de la totalidad; por ejemplo, el número completo de la iglesia. Aún así, cuando se toma el pasaje como tal: “Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.” (Apocalipsis 7:4), no hay nada en el pasaje que interprete los 144,000 como otra cosa que no sea literalmente el número de 144,000 judíos, 12,000 tomados de cada tribu de los “hijos de Israel.” El Nuevo Testamento no ofrece ningún texto, bien definido, para sustituir a Israel con la Iglesia.

Estos judíos son “sellados,” lo cual significa que tienen la protección especial de Dios, de todos los juicios divinos y del anticristo, para llevar a cabo su misión durante el período de la Tribulación (en Apocalipsis 6:17, la gente se pregunta quién se sostendrá en pie ante la ira por manifestarse). El período de la Tribulación es un período aún futuro de siete años, en el cual Dios ejecutará un juicio divino contra aquellos que lo rechazaron, y consumará la salvación para la nación de Israel. Todo esto, de acuerdo a la revelación dada por Dios al profeta Daniel (Daniel 9:24-27). Los 144,000 judíos son una clase de “primicias” (Apocalipsis 14:4) del Israel redimido, lo cual fue previamente profetizado (Zacarías 12:10; Romanos 11:25-27), y su misión es evangelizar al mundo del post-Arrebatamiento, y proclamar el evangelio durante el período de la Tribulación. Como resultado de su ministerio, millones (“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos.” ) vendrán a la fe en Cristo (Apocalipsis 7:9).

lunes, 9 de noviembre de 2015

Ya No Tengo Tiempo

Al llegar a mis sesenta y... tantos años, leyendo la Biblia tropecé con este verso:
¡Setenta son los años que se nos conceden! Algunos incluso llegan a ochenta.
 Pero hasta los mejores años se llenan de dolor y de problemas; pronto desaparecen, y volamos. Salmos 90:10 Medité… reflexioné, y me dí cuenta que ya no tengo mucho tiempo. Ese mismo día me encontré con este escrito:
“Conté mis años, y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que viví hasta ahora…
Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, deprisa, sin ninguna preocupación, pero cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, en las que se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
 No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
 No tolero a manipuladores y ventajistas.
Me molestan los envidiosos que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.
 Las personas no discuten contenidos, solo los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

El agradecimiento en tiempos difíciles

El día que le dijeron a Donna Lott que entregara las llaves de su coche, su vida cambió para siempre. Siendo ciega, ya no podía ir al supermercado, ni al colegio de sus hijos ni a las casas de sus amigos, a menos que su esposo u otra persona la llevaran. Tenía solamente 35 años.
Mi amiga Donna, una activa madre y esposa, había estado perdiendo gradualmente la vista por la enfermedad llamada retinitis pigmentaria (RP). Mientras luchaba por aceptar lo que significaba su diagnóstico, comenzó a tener dificultades para cocinar y limpiar, arreglarse el cabello y maquillarse, y finalmente, para identificar los rostros de sus hijos. Hoy, la iluminación en muchos ambientes, ya sea de un restaurante, de una tienda, o de la iglesia, es para ella un problema. Programas especiales de informática la ayudan a leer, incluidos correos electrónicos, a escribir, a estudiar, pero los ojos se le fatigan rápidamente.

El resultado, verdaderamente sorprendente de su experiencia, es que a medida que la visión de Donna se volvía más débil y más distorsionada, su agudeza espiritual se acentuó. Su tiempo con el Señor se volvió más significativo al clamar a Él y comenzar a percibir su amor con más claridad, sintiendo su propósito al permitir que sufriera de esa manera. Hasta en los días que no podía imaginar cuál podía ser el propósito, le daba gracias por lo que estaba sucediendo.
-¿Quieres decir, en ese mismo momento?
Sí, la Biblia nos manda dar gracias siempre. 

“Bendeciré al Señor en todo tiempo”, escribió el salmista (Salmos 34.1). Y el apóstol Pablo se hizo eco de ese sentimiento en su primera carta a los Tesalonicenses, cuando dice: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5.18). Por difícil que esto pueda ser de aceptar, “en todo” significa en los momentos buenos y malos, incluso cuando no tengamos ganas de hacerlo. Es fácil dar gracias cuando se tiene un matrimonio sólido, buenos hijos y dinero en el banco. Pero, ¿qué pasa cuando el matrimonio se desploma, cuando los hijos se vuelven rebeldes o escasea el dinero?
Cuando vienen tiempos difíciles, podemos elegir dar la espalda a Dios. Pero el endurecimiento de nuestro corazón hacia Él por la ira o el rechazo, afectará a nuestra capacidad para afrontar el sufrimiento de una manera provechosa, lo que hará difícil escuchar su voz y recibir consuelo y fortaleza. La gratitud es la puerta que tenemos que atravesar para ser, cada vez más, conscientes de la bondad del Padre celestial en medio de nuestras circunstancias difíciles. Tenemos que practicar la disciplina de dar gracias, aún más en los momentos difíciles, porque al hacer esto Dios no solo transforma al sufrimiento, sino que también nos transforma a nosotros.

Caminando por la cuerda floja

“No temas, porque no serás avergonzada. No te turbes, porque no serás humillada. Olvidarás la vergüenza de tu juventud, y no recordarás más el oprobio de tu viudez. Porque el que te hizo es tu esposo; su nombre es el Señor Todopoderoso. Tu Redentor es el Santo de Israel; ¡Dios de toda la tierra es su nombre!”
(Isaías 54: 4-5 NVI)
Después de algún tiempo de amistad, 7 años y medio de un buen noviazgo y otros siete años y medio de un mal matrimonio, había sido inscrita en la asociación de suicidas frustrados, a causa de una decepción amorosa que abatía mi alma. Mi necedad y su pecado, llevaban al abismo los sueños mutuos construidos dentro de nuestro proyecto de vida como pareja y como familia.
Después de cuatro infidelidades comprobadas, faltas de respeto continuas, y la muerte sistemática y progresiva del amor que un día nos había unido, fortalecida en mi Dios, me declaraba sobreviviente del divorcio, anhelando otra oportunidad para retomar mi sueño de ser esposa y mamá, dentro del plan divino de Dios.
En un estado de soledad, profunda tristeza, humillada, despreciada y rechazada, con el corazón partido en mil pedazos y sin esperanza, me encontraba hace 11 años esperando que un milagro ocurriera en mi vida.
Recibí a mi Señor, y supe a través de la promesa contenida en Isaías 54, que jamás estaría sola, que mi anhelo de ser esposa era una realidad, porque allí estaba Él, ofreciéndome felicidad a cambio de depender únicamente de Él y no de un simple mortal.
El Señor prometió que no sería humillada ni avergonzada, y que habría de ser llamada a sentir su profundo amor y su compasión. Antes le había fallado a Dios, mi desobediencia y auto-bendición, hicieron que ignorara que sus planes eran más altos que los míos. Se habían generado eslabones de maldición para mí y mis hijas, a causa de mis actos faltos de sabiduría.
El  caso es que con el divorcio había quedado devastada, mi reflejo en el espejo era el de una mujer amargada, y totalmente hundida por el dolor. Aunque mis hijas, eran mi acicate, mi motivo para levantarme y nadar en contra de la corriente, hubo algo que jamás pensé iba a tener que vivir, pero que me dejó el mejor regalo que alguien haya podido dar, mi Amigo, mi Confidente fiel, mi Compañero de vida, Aquel que me dijo que nunca volvería a apartar su mirada de mí y que con su amor, restauraría mi existencia para que yo pudiera experimentar el amor verdadero, siendo salvada y rescatada de las tinieblas.

Gozo inefable

Jesús… por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12:2.
“Estas cosas os he hablado, dijo Cristo, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”. Juan 15:11.

Cristo tenía siempre presente el resultado de su misión. Su vida terrenal, cargada de penas y sacrificios, era alegrada por el pensamiento de que su trabajo no sería inútil; dando su vida por la vida de los hombres, iba a restaurar en la humanidad la imagen de Dios. Iba a levantarnos del polvo, a reformar nuestro carácter conforme al suyo y embellecerlo con su gloria.
Cristo vio “del trabajo de su alma” y fue “saciado”. Tuvo en cuenta lo dilatado de la eternidad, y vio, de antemano, la felicidad de aquellos que por medio de su humillación recibirían perdón y vida eterna. Fue herido por sus transgresiones y quebrantado por sus iniquidades. El castigo que les daría paz, fue sobre Él, y por sus heridas, fueron sanados. Él oyó el júbilo de los rescatados, que entonaban el canto de Moisés y del Cordero. Aunque había de recibir primero el bautismo de sangre, aunque los pecados del mundo iban a pesar sobre su alma inocente y la sombra de un indecible dolor se cernía sobre Él, por el gozo que le fue propuesto, escogió sufrir la cruz y menospreció la vergüenza.

Transportado de dicha, (Adán) contemplaba los árboles que una vez fueron su delicia, los mismos árboles cuyos frutos recogiera en los días de su dicha e inocencia. Veía las vides que sus manos cultivaron, las mismas flores que se gozaba en cuidar en otros tiempos. Y entonces, su espíritu abarca toda la escena; comprende que en verdad, este es el Edén restaurado, y que es mucho más hermoso ahora que cuando él fue expulsado.

Al fin “verán su rostro y su nombre estará en sus frentes”. Apocalipsis 22:4. ¿Qué es la felicidad del cielo si no es ver a Dios? ¿Qué mayor gozo puede obtener el pecador, salvado por la gracia de Cristo, que el de mirar el rostro de Dios y conocerle como Padre?

domingo, 8 de noviembre de 2015

Jesús: Un líder del cambio

Jesús introdujo más cambios en la vida que ninguna otra persona, especialmente en el ámbito religioso. Y nos anima a hacer lo mismo, como cuando enseña a sus discípulos acerca del vino nuevo:
Jesús les contó esta parábola: –Nadie quita un retazo de un vestido nuevo para remendar un vestido viejo. De hacerlo así, habrá rasgado el vestido nuevo, y el retazo nuevo no hará juego con el vestido viejo. Ni echa nadie vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, el vino nuevo hará reventar los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y nadie que haya bebido vino añejo quiere el nuevo, porque dice: El añejo es mejor. Lucas 5:36-39
Un estudio de las diversas posturas que tomó Jesús ante cada cambio, nos sirve para apreciar su sabiduría y su liderazgo en cada situación. Después de que Jesús sanó a un hombre poseído por un espíritu maligno (Marcos 5:1-20) la gente de la zona comenzó a suplicarle a Jesús que se fuera de la región (verso 17). Jesús podría haberles dicho: acabo de hacer un milagro que ha beneficiado a uno de los vuestros, ¿no queréis ver más de este mismo poder? Sin embargo, hizo su evaluación, vio que esa ciudad no estaba lista, y se retiró, lo aceptó y se fue a otras zonas más centrales y estratégicamente importantes para el cumplimiento de su misión.
De este modo, Jesús nos enseña que muchas veces nos es necesario aceptar las pérdidas, cambiar nuestros planes, alterar nuestra programación, y revisar nuestras metas y objetivos. Esta es una gran lección sobre el liderazgo. En algunas ocasiones un cambio de planes puede ser la medida más estratégica que podemos tomar como líderes.

En la debilidad

 “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a DIOS por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras.” ROMANOS 8:26 
Una de las herramientas más importantes para el cristiano es la oración. La oración es nuestra conversación con nuestro Padre DIOS, mediante la cual le contamos todo y especialmente nuestras inquietudes, preocupaciones y necesidades.
debilidadMuchas veces decidimos orar con regularidad, apartándonos en algún lugar privado, cuando de repente nos damos cuenta que no sabemos qué decir.
Seguramente te pasó que no sabes cómo empezar o, si lo has hecho, no sabes qué más decir. Esto origina un cierto sentido de frustración que hace que nos rindamos, que decidamos no continuar con la oración.
Muchos de nosotros pensamos que la oración depende exclusivamente de nosotros, cuando en realidad vemos que contamos con Alguien que nos quiere ayudar: El Espíritu Santo.

Sol@ porque quiero…

En ocasiones me ocurre que he querido correr hasta Groenlandia sin que nadie me siga y nadie me conozca, por lo que no se espera ni se demanda nada de mí, para experimentar la maravillosa sensación que es la tranquilidad. No se espera que esté siempre con un rostro radiante, no se espera que responda bien, tampoco se espera que acierte siempre porque nadie me conoce. La  búsqueda de esa sensación me acompaña más o menos una vez al año. El resto del tiempo no se me vuelve a cruzar por la mente, y no me atormenta en lo más mínimo, pensar que saldré a la calle y sin duda, a más de alguno saludaré porque lo conozco de algún lugar.

Es curioso lo que ocurre cuando queremos estar solos. Por una parte, sentimos como un ahogo físico por el deseo de estar en otro lugar, preferentemente muy, muy lejos de donde estamos, y sin tener contacto con nadie que nos recuerde nuestras responsabilidades y compromisos; sin embargo, y por otra parte, cuando conseguimos estar solos en la punta del monte (lugar al que deseamos irnos en más de una ocasión), nos sentimos solos y desearíamos que alguien nos acompañara; no sabemos bien para qué quisiéramos que nos acompañaran, pero sí sabemos quién quisiéramos que estuviera a nuestro lado en la punta del monte. Entonces descubrimos quiénes son las personas claves de nuestras vidas.
Cuando, metafóricamente hablando, estamos en la punta del monte, parece ser que todo lo vemos desde una perspectiva distinta; el salir de nuestro lugar habitual, el ser capaces de recorrer un lugar nuevo o al menos respirar otro aire, nos hace desconectar, pero a la vez nos conecta con lo esencial, con aquello que no podríamos tener lejos de nuestra vida; por muy agotados o demandados que nos sintamos, ese “algo” o ese “alguien” no puede estar ausente.

No hay enemigo pequeño

“Entonces Dalila dijo a Sansón: ‘Yo te ruego que me digas en qué consiste tu gran fuerza y cómo hay que atarte para que seas dominado’” (Jueces 16:6).
Posiblemente hayas presenciado el juego de “atar con hilo de coser”. Es interesante. Se escoge a la persona más robusta que haya en la sala, se le pide que una las manos juntando las muñecas, y con una bobina de hilo de coser, se dan una o dos vueltas de hilo a sus muñecas quedando “atado” como si llevara unas esposas; luego, se le pide que haciendo fuerza hacia fuera, rompa el hilo y se suelte, lo cual hace con facilidad. Se repite esto varias veces, añadiendo cada vez una o dos vueltas más de hilo. Llega un momento en el que la persona “atada con hilo de coser”, ya no puede soltarse por muy fuerte que sea. Un hilo de coser, finísimo, fácil de romper, puede convertirse en una cadena irrompible. Atención porque podemos quedar encadenados por hilos de una micra de espesor, todo depende de las vueltas que demos.
El secreto de la fuerza de Sansón no residía en sus músculos sino en su fe, de la que tenía como signo externo el cabello largo. No se le resistieron las cuerdas con las que los filisteos le ataron tres veces, pero cuando reveló el vínculo espiritual que le unía a Dios, sus enemigos ya pudieron hacerlo desaparecer y anular su magnífica fuerza. 
Cuando “jugamos” con el pecado repetidas veces, como hizo Sansón, nuestro vínculo con Dios se debilita a la vez que va aumentando el grosor de las cadenas del tentador. No menospreciemos al enemigo, jamás lo consideremos inofensivo, “no hay enemigo pequeño”. Las vueltas de hilo son nuestra reiteración en el terreno de la tentación. La vulnerabilidad y debilidad de nuestra fuerza espiritual dependen de nuestra comunión con Dios. 
“A menos que estemos íntimamente relacionados en vida con Dios, no podremos resistir los efectos profanos del amor propio, de la complacencia propia y de la tentación a pecar. Sin una relación vital con Dios, por nuestra entrega a Él momento tras momento, seremos vencidos. Sin un conocimiento personal de Cristo y una continua comunión, estamos a merced del enemigo, y al fin haremos lo que nos ordene” 

No podemos descuidarnos ni un instante en la lucha espiritual. Ruega al Señor que te mantenga a su lado y te permita gozar de una sólida relación con Él.