No sean altaneros, digo a los altivos;
No sean soberbios, ordeno a los impíos;
No hagan gala de soberbia contra el cielo,
No hagan gala de soberbia contra el cielo,
ni hablen con aires de suficiencia.
(Salmos 75:4,5)
Desde la construcción de la Torre de Babel, pasando por los viajes a otros planetas y la clonación de especies vivas, el ser humano no para en sus soberbios intentos por saberlo todo, por descubrirlo todo, por acercarse a Dios, no para amarle precisamente sino para, con presuntuosidad, competir con Él, para estar a la altura de “Su conocimiento”.
Ahora, el nuevo “juguete” que tiene entre sus manos desde el 2008, es el Gran Colisionador (LHC), un gigantesco y costosísimo aparato en el cual intervienen miles de científicos e ingenieros de laboratorios y universidades de todo el mundo, quienes están interesados en temas propios de su especialidad: estructura y origen de la materia, partículas, átomos, masa y, otros más, que guardan relación con el denominado “Big Bang”; esa gran explosión, que según algunos científicos, determinó la creación del universo.
-Mientras andamos interesados en saber cómo se formó el universo, nuestro planeta sigue consumiéndose en una nube de contaminación originada por nuestra propia mano.
-Mientras invertimos dinero en este tipo de proyectos, no paliamos el hambre de los millones de seres, que diariamente mueren de hambre y sed.
-Mientras deseamos saber si hay habitantes en otros planetas, no nos llevamos del todo bien con los del nuestro, y...
-Mientras queremos abrir nuevos espacios para la comunicación universal, aquí en la Tierra cada día nos entendemos menos. En términos vulgares, empezamos a construir la casa por el tejado.