Lleno de aparente vitalidad. Muchos planes por realizar. Proyectos interminables, noches de insomnio ante los compromisos y días ausentes de su hogar por la presión ministerial.
A veces hundía su rostro entre sus manos, crispadas por las múltiples demandas cotidianas. Le visité en su iglesia para unas conferencias y le vi caminar como un autómata.
Este clamor fue como un eco de miles de esposas de pastores que intentarían decir lo mismo.
El Apóstol Pablo, precisamente hablando de renovación, en el capítulo 12 de Romanos versos 1 y 2 dice: “Les ruego, les suplico, les imploro por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio santo, agradable a Dios”. Un día, al leer estos versos, me pregunté por qué Pablo hablaba de presentar el cuerpo; no mencionaba el espíritu o el alma, sino el cuerpo como un sacrificio a Dios.
Después de pensarlo y repensarlo, entendí que el Apóstol posiblemente estaba tratando de desmontar el pensamiento griego, que había entrado en la Iglesia y que lamentablemente ha invadido a la Iglesia de hoy y al liderazgo actual. El Pensamiento griego enseñaba que el cuerpo no era bueno, que lo bueno era el espíritu y el alma, y el cuerpo era la causa de los problemas humanos.

