viernes, 9 de octubre de 2015

El Alto precio de la amargura

“… PERDONAOS UNOS A OTROS, SI ALGUNO TIENE QUEJA CONTRA OTRO” (Colosenses 3:13b)

Aquella mujer pensaba que la venganza podría acabar con el problema. Estaba equivocada. Ella decía: “Descubrí a mi marido con otra mujer. Aunque él me suplicó que le perdonara, yo quería satisfacer mi ego y le pedí el divorcio a pesar de que nuestros hijos me pidieron que no lo hiciera. Dos años después, mi marido aún trataba de recuperarme, pero yo no cedí. Me había herido y yo quería vengarme. Finalmente, él se rindió, se casó con una viuda joven que tenía dos hijos, y rehizo su vida sin mí. Ahora todos ellos son muy felices, y yo soy una mujer miserable que permitió que la amargura arruinara su vida”.

No hay duda de que ser infiel es malo, pero cuando no hay perdón ¡la amargura es lo único que queda!, y es peor. Así, llega el momento en el que aparece la ira, que ya no es un sentimiento, es una fuerza irresistible. Y como con la cocaína, cada vez necesitas dosis más grandes y más frecuentes. Una vez que esto sucede, la ira te lleva todavía más lejos del perdón porque ha llegado a ser tu única fuente de energía. Esto es lo que origina el odio en grupos como el Ku Klux Klan o los Cabezas Rapadas. Sin amargura ¡no tienen motivos para existir! Si les quitas la intolerancia a los racistas, la venganza a los fanáticos y el mismo fanatismo a los sectarios, ¿qué les queda?

Dios dice: “… perdonaos unos a otros… de la manera que Cristo os perdonó.”, porque la amargura es mortal, mata tu alma. Así que, ¿cómo evitas amargarte cuando estás herido? Mirando a la cara del que te hirió y, a la vez, ¡viendo la del Único que fue misericordioso contigo, cuando nadie más te hubiera dado otra oportunidad!

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