lunes, 31 de agosto de 2015

No lo permitas…

Hace unos días tuve una experiencia no muy agradable que no quiero recordar especialmente; sin embargo, tuvo el poder de removerme internamente.
Siempre he pensado que no debemos hacer “leña del árbol caído”, y que cuando nos enfrentemos a ciertas situaciones, debemos hacer el mayor esfuerzo de no olvidar que desde afuera la situación se ve muy distinta a lo que realmente es. Por lo tanto, es necesario desarrollar una mejor empatía y dejar atrás los juicios y prejuicios. Parece sonar más fácil de lo que realmente es.
No me cabe la menor duda que, como yo, tú también debes haber cometido muchos errores, y puede que te relacionaras con la gente equivocada; eso trajo para ti una mala reputación, o bien, tuviste una serie de rupturas amorosas que te hacen ver como alguien inestable y poco serio, no lo sé. Pueden ser muchas las cosas en que pudimos habernos equivocado y que, a la vista de quienes nos observan, pueden parecer lo más terrible del mundo. Y claro, cuando nos equivocamos, cuando sentimos que nos fallamos a nosotros mismos, es muy probable que también tengamos una visión poco benigna de nosotros, y nos juzguemos con gran severidad. Pero otra cosa es que alguien que no está en tu piel te señale con el dedo acusador y llegue incluso, a hacer comentarios alusivos a tu “moral”.
No podemos permitir que nadie nos haga sentir como Cristo jamás nos ha hecho sentir. El Señor, siendo quien es, tendría todo el derecho y poder para hacernos sentir avergonzados de nuestro pasado, de nuestra antigua vida, pero Él no lo hace, y no lo hace no porque no lo “merezcamos” sino porque Él es pura gracia. Él nunca te hará sentir lo que realmente eres porque te ama tanto, que decidió vivirlo por ti. Si Él no te pide que le rindas cuentas por tu pasado, con sus errores y sus aciertos, nadie puede pedirte entonces que lo hagas, ni mucho menos que tengas que pedir perdón por decisiones que ya tomaste y que ya dejaron su huella.

Cuando vuelvas a relacionarte con alguien, de la forma que sea, no olvides lo mencionado anteriormente: Nunca permitas que nadie te haga sentir como Cristo nunca lo ha hecho ni tampoco lo hará; tal vez tú no eres perfecto, o perfecta, pero si Dios no te juzga ¿por qué alguien más puede hacerlo?  Deja que el que empezó la buena obra en ti la termine, hasta el punto en que seas un reflejo de Cristo vivo.

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