“Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura”.
(Salmos 85:8)
¿Ha oído la expresión “este es un mundo de locos”? Casi todos la hemos escuchado muchas veces. Cuando cerca de nosotros se habla de un acto violento e inverosímil, escuchamos la frase. Cuando estalla una nueva guerra en alguna parte del globo terráqueo, ahí reaparece el dicho. Cuando las personas actúan con fría y calculada inhumanidad, alguien suele sellar el hecho repitiendo: “este es un mundo de locos”. ¿Debemos creer esta afirmación? Por pesimistas que podamos parecer, sí, esta expresión puede denotar muy bien el estado actual de un mundo que no parece mejorar. Encendemos la televisión, vamos a cualquier canal de noticias y ¿qué vemos?, locura por todas partes: violaciones, homicidios, extorsiones, robos, enojo, fanatismo religioso, suicidio, pobreza, racismo, y la lista será tan larga que no podremos exponerla toda en un mismo escrito. Es como para volverse loco, ¿no cree?
Parece una respuesta hecha, una frase aprendida o quizá una solución tonta, pero no lo es. Pasó lo mismo cuando el doctor Semmelweis propuso en 1846, que los doctores y asistentes a los partos se lavaran las manos antes de entrar a la sala para asistir a un nacimiento. Semmelweis aseguraba que este sencillo acto evitaría miles de muertes postparto a causa de la septicemia puerperal. El médico húngaro fue despedido, y la comunidad científica de su tiempo no le creyó. Murió en la pobreza a la temprana edad de 47 años. Dos décadas después, Pasteur demostraría la existencia de los microbios, y Josep Lister extendería la práctica quirúrgica higiénica al resto de las especialidades médicas. La solución tan sencilla de Semmelweis les pareció estúpida a los intelectuales y académicos de su tiempo, pero de haberle hecho caso hubieran salvado a millones de personas.
Se espera que en un mundo sumido en la locura, los creyentes actúen coherentemente. Por lo menos Dios espera eso de ellos. Sin embargo, muchas veces los cantos de sirena del mundo están distrayendo a la iglesia, a una buena parte de ella, de su cometido de esparcir salvación y sanidad a través de su predicación y testimonio. Si nuestros oídos prestan atención demasiado tiempo a las voces de la incredulidad, al miedo, a la duda, al odio, a la inmoralidad y al fanatismo, terminaremos padeciendo de la locura que pretendemos combatir. Escuchemos al Señor y a lo que Él tiene que decirnos a través de su Palabra, y así prevendremos toda contaminación que pueda inutilizar nuestra misión. Hay que estar sanos para ser eficaces en sanar a otros. Dios hablará paz a su pueblo, y nosotros podremos repetir su mensaje al mundo desde la ecuanimidad de una salvación muy grande.
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