miércoles, 5 de junio de 2013

Yo haré mi parte - Devocional - Vídeo

“¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición”
(Proverbios 22.29)
Vivimos en un mundo de leyes, de principios que dirigen y gobiernan el mundo visible que conocemos. Si una manzana está demasiado madura caerá a tierra, no se elevará hacia el espacio. Las leyes de gravitación universal, descubiertas y formuladas por Isaac Newton, así lo confirman. No hay que ser un genio para comprender que un cuerpo sólo puede flotar, si el peso de su masa es menor que el fluido que desplaza. A eso le llamamos "ley de flotación". De la misma manera, hay leyes de conducta que tienen total vigencia en la actualidad, y a las que debiéramos prestar mucha atención.
El sabio Salomón, en su aguda observación del desempeño humano, comprobó que una persona diligente en su trabajo está destinada a prosperar. Es bueno recordar este principio en nuestros tiempos postmodernos, en los tiempos actuales, en los que la pérdida de valores morales es una de las más grandes amenazas que tenemos que afrontar. Hoy se quiere tener más haciendo menos, obtener con poco esfuerzo y amontonar sin el sudor de la frente. Los atajos para llegar a la prosperidad sin moral son terriblemente peligrosos.
Larry Bird, la leyenda del baloncesto estadounidense, considerado uno de los mejores aleros de la historia, solía practicar quinientos tiros libres después de cada entrenamiento. Su talento innato,  acompañado del esfuerzo, determinaron su alcance. Ya fuera una científica como Marie Curie, un escritor como Dostoievski, o un predicador como Spurgeon, todos ellos lucharon fuertemente para avanzar en su campo. En la parábola de los talentos, en Mateo 25, el Señor reparte talentos a sus siervos, pero espera que ellos los multipliquen con sus ingeniosas laboriosidades. Al final de la historia, los homenajeados son aquellos que trabajaron en multiplicar lo que recibieron.
En ocasiones, al ser demasiado místicos, creemos que las cosas se harán por el mero hecho de que son la voluntad de Dios, o porque hemos orado al respecto. La oración y la fe, sin la acción estarían truncadas. Necesitamos aprender el principio del trabajo duro. Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Si el Maestro lo hizo, nosotros debemos imitar su ejemplo.
Podemos y debemos orar por la provisión de Dios, pero debemos trabajar fuerte para ello. Dios le da comida a los pájaros del campo, pero no se la echa en el nido. Tenemos que hacer nuestra parte. Tolstoi, en el cuento "Iván el Imbécil", relata la historia de un hombre sencillo y menospreciado que llegó a ser Zar en Rusia. En su prosperidad, sólo recibía para comer a su mesa a aquellos desposeídos que tuviesen callos en sus manos. De esa manera se aseguraba que, aunque pobres, aquellas personas eran trabajadoras y por ello quería honrarles teniéndoles en su mesa. La moraleja del cuento exalta la virtud del trabajo duro por encima, incluso, del talento.
Es cierto que si “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmos 127:1). Dios debe estar presente en cada uno de nuestros planes y en cada una de nuestras elecciones. Eso es primordial. Pero lo segundo es de vital importancia. Está divinamente ordenado de esa manera. Dios desea bendecirnos, pero necesita que estemos de acuerdo con su Palabra. El apóstol Pablo escribió: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28).

El trabajo es una bendición de Dios, y seremos más eficaces y exitosos si lo hacemos con alegría. Víctor Pauchet, el insigne cirujano francés, escribió: “El trabajo más productivo es el que sale de las manos de un hombre contento”. Trabajemos con alegría, demos testimonio de nuestra fe, modelemos un carácter esforzado para otros. No le echemos la culpa a las circunstancias o a los tiempos. Levantémonos cada día con entusiasmo, vivamos cada jornada con expectativas y vayamos a la cama cada noche con la seguridad de que hemos hecho nuestra parte.

 

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