sábado, 27 de agosto de 2016

Cuando Dios habla

Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido. (1 Corintios 2:12).
Hace poco, mi yerno le explicaba a mi nieta que podemos hablar con Dios y que Él se comunica con nosotros. Cuando le dijo que, a veces, Dios nos habla a través de la Biblia, ella respondió sin vacilar: Bueno, a mí nunca me dijo nada, jamás le escuché.
Probablemente casi todos estemos de acuerdo con mi nieta, si pensamos que Dios se comunica con nosotros mediante una voz audible que nos dice: Vende tu casa y vete a cuidar huérfanos en un país lejano. En realidad, decir que Dios "habla" es algo muy diferente; le "oímos" al leer la Escritura.
La Biblia explica que Dios nos ha hablado por el Hijo, Jesús, el cual es el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (Hebreos 1:2-3). La Escritura nos muestra cómo encontrar la salvación en Jesús y vivir de una manera que le agrade (2 Timoteo 3:14-17). Además, tenemos al Espíritu Santo. En 1 Corintios 2:12, leemos que el Espíritu se nos dio para que sepamos lo que Dios nos ha concedido.
¿Cuánto hace que no escuchas a Dios? Habla con Él y escucha al Espíritu, quien nos revela a Jesús mediante su Palabra. Sintoniza tu oído a las cosas maravillosas que el Señor quiere decirte.
Señor, háblame. Ayúdame a entender el mensaje de la Escritura, las lecciones de Jesús y los impulsos del Espíritu.
Dios habla a través de su Palabra cuando dedicamos tiempo a escuchar.

viernes, 26 de agosto de 2016

Es necesario que el frasco de alabastro sea quebrado

La Biblia habla del ungüento de nardo puro (Juan 12:3). La Palabra de Dios usa intencionadamente el adjetivo puro. Ungüento de nardo puro se refiere a algo verdaderamente espiritual. No obstante, a menos que el frasco de alabastro fuera quebrado, el ungüento de nardo puro no podía ser liberado. Extraña que mucha gente valore más el frasco de alabastro que el ungüento. De la misma manera, muchos piensan que su hombre exterior es más valioso que su hombre interior. 

Este es el problema que afronta la iglesia en la actualidad. Es posible que valoremos demasiado nuestra propia sabiduría y pensemos que somos superiores. Unos pueden estimar sobremanera sus emociones y creer que son personas excepcionales. Y otros se valoran exageradamente a sí mismos y creen que son mejores que los demás. Piensan que su elocuencia, sus capacidades, su discernimiento y juicio, son mejores que los de otros. Pero debemos saber que no somos coleccionistas de antigüedades, ni admiradores de frascos de alabastro, sino que buscamos otra cosa, el aroma del ungüento. Si la parte exterior no se quiebra, el contenido no puede salir. Ni nosotros ni la iglesia podremos seguir adelante. No debemos seguir estimándonos en demasía a nosotros mismos.

El Espíritu Santo nunca ha dejado de obrar en los creyentes. De hecho, muchos pueden dar testimonio de la manera en que la obra de Dios nunca se ha detenido en ellos. Se enfrentan a una prueba tras otra, un incidente tras otro, mientras el Espíritu Santo tiene una sola meta en toda Su obra de disciplina: quebrantar y deshacer al hombre exterior, para que el interior encuentre salida. Pero nuestro problema es que en cuanto enfrentamos una pequeña dificultad, murmuramos, y cuando sufrimos alguna pequeña derrota, nos quejamos. El Señor ha preparado un camino para nosotros y está dispuesto a usarnos, pero en cuanto Su mano nos toca, nos sentimos tristes. Alegamos a favor de Él o nos quejamos ante Él por todo. Desde el día en que fuimos salvos, el Señor ha estado obrando en nosotros de muchas formas con el propósito de quebrantar nuestro yo. Lo sepamos o no, la meta del Señor siempre es la misma: quebrantar nuestro hombre exterior.

Estoy bien

“De paz inundada mi senda ya esté, /O cúbrala un mar de aflicción, /Mi suerte cualquiera que sea, diré: /Alcancé, alcancé salvación.” He cantado este himno de Horatio Spafford muchas veces. La mayoría de ellas en aquella pequeña congregación del Reparto Rocafort en La Habana. Una iglesia que, sin importar qué tonada evangélica estuviera en boga, seguía aferrada a los elocuentes himnos de siglos pasados. Recuerdo cómo surgía la melodía del himno del repique de las teclas de aquel viejo piano maltrecho que teníamos, la cadencia pasiva de la congregación y nuestro coro de hermanos inexpertos y maravillosos. Las lágrimas afloraban en las mejillas de varones y mujeres cuando empezaba la segunda estrofa: “Ya venga la prueba o me tiente Satán, /No amenguan mi fe ni mi amor; / Pues Cristo comprende mis luchas, mi afán / Y su sangre vertió en mi favor.” Era yo apenas un adolescente que comenzaba su andadura en la fe por aquellos tiempos, pero esos rostros llenos de serenidad me transmitían una indescriptible paz y gratitud que no se pueden traducir en palabras.
Había cantado muchas veces aquella tercera estrofa, pero ignoraba qué experiencia había dado lugar a semejante texto: “Feliz yo me siento al saber que Jesús, /Libróme del yugo opresor; /Quitó mi pecado, clavólo en la cruz, /Gloria demos al buen Salvador.” El final del himno no podía ser más emotivo. Es una declaración de fe vigorosa, y una proclamación escatológica sobre el Rey que vuelve. Es un canto al contentamiento y la esperanza: “La fe tornaráse en gran realidad /Al irse la niebla veloz; /Desciende Jesús con su gran majestad,/¡Aleluya! Estoy bien con mi Dios.”
Conocería la historia del himno más tarde y entendería por qué aquellas palabras me llegaban tan adentro del alma. Sus estrofas no fueron escritas desde un cómodo diván al pie de una chimenea en una preciosa tarde invernal, sino desde el camarote de un barco en circunstancias muy sombrías. Corría el año 1873, y Horatio Spafford había perdido mucho de su negocio con el gran incendio de Chicago de dos años atrás, y se proponía visitar Inglaterra para asistir a una serie de reuniones evangelísticas que conducía su amigo Moody. Por asuntos a amañar a última hora, envió a su esposa y sus cuatro hijas en el SS Ville du Havre, rumbo a Inglaterra, y él se les uniría a la semana siguiente. Mientras el barco cruzaba el Atlántico, colisionó con otro barco y se hundió en 12 minutos. Sus cuatro hijas se ahogaron y solo su esposa sobrevivió. Ella envió un telegrama desde Gales que decía: “Salvada sola.”
Spafford se embarcó en la primera nave que encontró para ir a buscar a su atormentada esposa. Mientras surcaban el Océano, el capitán del barco lo fue a buscar para mostrarle dónde había sido la tragedia. Fue entonces cuando Horatio compuso el himno que hoy rememoramos. Un himno que refleja la confianza en la bondad de Dios aún en los momentos más dolorosos. No es de extrañar que la División de manuscritos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos tenga archivado el original del himno de Spafford. Hay que hacer acopio de mucho valor y tener una comprensión profunda de la fe, para escribir algo así en medio de una tragedia tan horrible.

Ser cristiano implica conocer a Jesús

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? Juan 14:9
(El apóstol Pablo dijo:) Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Filipenses 3:8
Ser cristiano significa conocer a Jesús, pero no como un personaje histórico ni como un filósofo o un pensador, sino conocerlo primeramente como mi Salvador y mi Señor, y también como un amigo. La fe en Jesús nos hace vivir una verdadera relación con Él y sacia nuestra sed espiritual. Esto era lo que hacía decir al apóstol Pablo: Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:8, 10).
Mediante el conocimiento de Jesús, escapamos del mal que está en el mundo (2 Pedro 2:20), y somos enriquecidos con todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (2 Pedro 1:3).

Con riesgo de caerse

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. 1 Corintios 10:12

Cuando mi amiga Elaine se recuperaba tras una caída tremenda, un empleado del hospital le colocó una pulsera de color amarillo brillante que decía: "Riesgo de caída". La frase quería decir que debían tratarla con cuidado, que quizá ella no tenía buen equilibrio y que la ayudaran a ir de un lugar a otro.
En 1 Corintios 10, encontramos una advertencia parecida para los creyentes. Echando un vistazo a sus antepasados, Pablo veía la tendencia del hombre a caer en pecado. Los israelitas se quejaron, adoraron ídolos y tuvieron relaciones inmorales. Todo esto entristeció a Dios; entonces, permitió que sufrieran las consecuencias de sus errores. Sin embargo, el apóstol dijo: estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros que vivimos en estos tiempos finales. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga (versos 11-12).
Es fácil creer erróneamente, que hemos superado un determinado pecado. Aunque hayamos admitido nuestro problema, aunque lo hayamos confesado arrepentidos y nos hayamos comprometido a obedecer al Señor, la tentación puede y va a aparecer. Pero Dios hace posible que no volvamos a caer, dándonos una salida. Depende de nosotros que aceptemos esa vía de escape.
Señor, que pueda ver la salida que me ofreces cuando soy tentado. Gracias por seguir obrando en mi vida.
Las grandes tentaciones suelen aparecer después de grandes bendiciones.

jueves, 25 de agosto de 2016

¿La Gracia de Dios sana o salva?

En el mundo evangélico de nuestros días se escucha mucho hablar de la sanidad del cuerpo. Vemos que, muchos predicadores hacen uso de la frase “en el nombre de Jesús”, para impresionar a otros con sus aparentes prodigios y milagros.
Se hace necesario saber si habrán estudiado algo sobre la Divina Soberanía de Dios, pues parecen querer dominar el poder de Dios a sus propios caprichos y antojos.
¿Sana Dios a todos? ¿Siempre será la voluntad de Dios sanar nuestros cuerpos de enfermedad? ¿Es otorgada la sanidad a todos los cristianos?
No hay la menor duda de que Dios tiene todo el poder para sanar y puede hacerlo a quien quiere y cuando Él quiere hacerlo; sin embargo, he tenido que aprender a vivir con mis enfermedades y dolores, y a pesar de todo dar gloria a Dios porque me permite respirar y existir todavía.
La mujer con flujo de sangre

Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. (Mateo 9:20 y 21)
No sabemos la causa de la enfermedad de esta mujer, pero sí sabemos que sufría su pena y su molestia en secreto. No se nos dice nada más, sino que se trataba de un "flujo de sangre", o sea, de hemorragias, y que ya hacía doce años que padecía de éstas. El evangelio de Marcos nos dice: y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía y nada había aprovechado, antes le iba peor. (Marcos 5:26).
Después de tantos años hemos de suponer que su salud había decaído, y que se encontraba pálida y decaída. En cambio su fe era firme y enérgica, de manera que se había atrevido a mezclarse con la multitud para acercarse a Jesús en público, y solo anhelaba tocar el borde del vestido del Señor.
Sabemos que como resultado de su acto de fe, la gracia de Dios fue derramada de una manera inmediata sobre ella, y Jesús le dijo:
Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. (Mateo 9:22).

La gracia de Dios en este caso, no solo sanó sino que también salvó. Jesús hace un milagro inmediato y no solo le concede la sanidad de su cuerpo, sino que le asegura la eterna salvación de su alma. ¿Qué valdrá más: ser sanado en este mundo temporal o ser salvado de la perdición eterna?
Vivimos sumergidos en un mundo secular, materialista y humanista. Los hombres de hoy queremos vivir más, rejuvenecer, tener más y disfrutar de esta vida. No estamos pensando para nada en una eternidad con Cristo, ni en la salvación eterna de nuestras miserables almas. Hoy en día la preocupación está enfocada en el cuerpo y no en el espíritu.

Se  podría decir sin temor a equivocación, que la gracia de Dios salva más que lo que sana, sin embargo siempre estamos pensando en unos 80 a 90 años en esta tierra, pero Dios no deja de estar pensando en una eternidad para y con nosotros.

Nadadora cristiana conquista el oro: “Entrego toda la gloria a Dios”

La nadadora cristiana Simone Manuel, alcanzó un récord olímpico el jueves (11), y se convirtió en el primer negro campeón olímpico de natación individual.La joven de 20 años de edad, de Sugarland, Texas (EE.UU.), ganó una medalla de oro en la categoría de estilo libre (100 metros).  Compitió con la canadiense Penny Oleksiak y el tiempo de las dos fue de 52 segundos 70 centésimas. El registro rompió el récord olímpico anterior. La ganadora participaba en el evento por primera vez.
En una entrevista notable, poco después de su carrera, ella alabó a Dios por su victoria. “Todo lo que puedo hacer es entregar toda la gloria a Dios. Ha sido un viaje largo estos últimos cuatro años”, informó el sitio Christian Examiner. “Soy muy afortunada de tener una medalla de oro. Soy muy afortunada”, dijo.
Simone tiene la costumbre de publicar agradecimientos a Dios en su Twitter y publicó otro después de la competencia: “Es un honor representar a los Estados Unidos. Dios está trabajando en mí. Soy muy afortunada y estoy muy agradecida. Gracias a todos por su ayuda”.

Tanatofobia: Miedo a la Muerte

“Únicamente de esa manera el Hijo podía liberar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte.” Hebreos 2.15
Los efectos del miedo en la vida y mente de las personas son increíbles. El miedo sirve para un propósito útil en ocasiones y destructivo en otras.
Cuando somos pequeños y nuestros cerebros se están desarrollando, guardamos información en la parte de nuestro cerebro conocida como el sistema límbico o cerebro de supervivencia. Esta información nos ayuda a reconocer situaciones potencialmente dolorosas o dañinas, sin tener que tomar decisiones conscientes. Como cuando eras niño y te quemaste con una llama de fuego; tu cerebro guarda el incidente de manera que en el futuro, un miedo sano automáticamente te alejará de esa llama de fuego.
El problema es que otros miedos no saludables pueden desarrollarse en nosotros. El término clínico para algunos de esos miedos no saludables es “fobia.” Alguien con una fobia tiene fuertes reacciones inconscientes a lo que sea que teme. Todo esto se lleva a cabo en el sistema límbico.
El versículo mencionado habla maravillosamente sobre esto. Dice que Jesús nos liberó del miedo a la muerte.
La palabra Griega traducida como miedo es “phobos,” la cual viene de la misma raíz de la palabra “fobia.” La palabra Griega, traducida como muerte es “thanatos.” ¿Al poner esas dos palabras juntas, qué nos da? Tanatofobia: un miedo extremo o irracional a la muerte.

No es tiempo todavía


Yo sé que me piensas y que por las noches me sueñas.
Que me imaginas y esperas como lluvia en sequedades de verano.
Aunque no me ves ni me has conocido, yo estoy aquí…
Pero no es tiempo todavía.
Me estoy preparando para ser la mejor para ti.
Aún Dios me tiene en su taller y me está matizando con detalles delicados e impregnando de su esencia, para que pueda ser yo esa mujer virtuosa que tanto anhelas.
Dios nos tiene en lista de espera. También a ti te faltan detalles para que seas el hombre adecuado para mí. Sencillo, valiente y varonil, entre otras muchas cualidades que tienes. Temeroso de Dios y hacedor de su Palabra.
No es tiempo aún, aunque nuestros corazones a veces quieren estallar. Aunque la ansiedad cause impaciencia y en ocasiones sintamos la soledad o la necesidad de encontrarnos.
Soy como la aurora y tú como el atardecer. Yo soy quien hará latir más fuerte tu corazón y endulzará tus oídos con las palabras de amor más bellas.
Tú serás el que me envuelva como la ola y llene el espacio con su ternura y encanto. Tu beso despertará el amor que en mí andaba dormido y te reconoceré como el dueño de mi corazón.
Y aunque el tiempo está marcado por Dios para encontrarnos exactamente en el momento y lugar perfecto, debes esperar por mí porque yo aguardaré tu llegada.
Me cuidaré para ti y a nadie más aceptaré hasta que por fin te encuentre. Por eso desde la lejanía te escribo y pido que te conserves y reserves para mí.
Juntos seremos la melodía y la poesía; el mar y la ola. Nos fusionaremos como los ingredientes que se entremezclan para formar un grato perfume. Nos complementaremos porque así lo quiere Dios.
Tan solo esperemos, el tiempo se acerca. Pero mientras, recuerda que te estaré esperando porque todavía no es el tiempo pero vendrá, y los dos lo sabemos.