jueves, 1 de marzo de 2018

Jesús lloró

“Jesús lloró”
Juan 11:35 (NVI).

Hubo un detonante en los últimos meses de mi vida que me llevó a buscar al Señor con mucha más fuerza y pasión. Satanás lanzó un golpe bajo que pudo, sin la intervención divina de Dios, destruir a mi familia; pero con mi voz más audible puedo decir que triunfó el amor.
Una amiga que amo con todo mi corazón me enseñó a orar. Sí, antes lo hacía y pensaba que lo hacía bien, no en vano he obtenido respuesta a muchas de las peticiones que he elevado al cielo; pero jamás había sentido tanta necesidad de compenetrar mi yo interior con el Jesús que habita dentro de mí como lo hago ahora.

No me da vergüenza reír, cantar, o tener largas conversaciones con Él de lo que me angustia, me preocupa o me emociona, ya que sé que está ahí, a mi lado, y sé también que no se aburre de mis tertulias, muchas veces cargadas de quejas; para todo tiene una respuesta y su toque especial de paz y tranquilidad reconforta mi corazón y me llena de alegría.
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De rodillas he decidido librar mi batalla, gritarle a Satanás que no tiene poder ni autoridad sobre mi familia, y que es un enemigo vencido que no tiene oportunidad de ganar. Lloro y le entrego a mi Padre lo que me duele porque soy frágil y débil, y Él me ha prometido perfeccionarse en mi debilidad, además de hacer de mí una mujer valiente, guerrera y digna de su amor.

No somos de piedra, somos seres humanos que sentimos y precisamos tiempo para que nuestras heridas sanen. Avanzamos, perdonamos, pero no olvidamos con el único objetivo de rectificar nuestro camino y no volver a cometer los errores del pasado. Con nuestra alma enferma, muchas veces por rabia e impotencia ante situaciones que no están en nuestras fuerzas cambiar, nos acercamos al Todopoderoso, como lo hizo Jesús al orar en Getsemaní:
“«Es tal la angustia que me invade, que me siento morir… Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»”. (Mateo 26:38-39 NVI)
No tiene nada de malo desahogar mis penas en la presencia de quien me ama más que a su propia vida y que hará todo lo posible por verme feliz y realizada. No siempre son lágrimas de dolor o frustración, porque otras veces corren por mis mejillas como muestra de agradecimiento por su misericordia y perdón hacia mí.

Con duras palabras alguien me dijo alguna vez que, no debía cuestionar su intimidad con Dios, que eso era asunto suyo, y hoy puedo decir que tenía razón. Nuestra relación personal con el Señor, nace de nuestra necesidad de consuelo, apoyo, afecto entrañable, unidos a Él en alma y espíritu, sin egoísmo ni vanidad, con humildad, considerando a los demás como superiores a nosotros mismos, velando no solo por nuestros propios intereses, sino también por los intereses de los demás (Filipenses 2:1-4 NVI).  Absolutamente nadie tiene derecho a señalarte o juzgarte por hacerlo.

Por mi parte, no pararé hasta que Él y yo seamos uno solo, porque reconozco y entiendo que el verdadero sacrificio que le agrada a Dios es el acercarse a Él con un espíritu quebrantado y arrepentido, y con la plena esperanza, fe y confianza de un futuro maravilloso conforme a su voluntad buena, agradable y perfecta…Persistir en la oración, es la clave y no desistiré hasta lograrlo.

“El que con lágrimas siembra, con regocijo cosecha. El que llorando esparce la semilla, cantando recoge sus gavillas”.
(Salmos  126:5-6 NVI)

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