domingo, 14 de diciembre de 2014

La autoridad del predicador

Mucho se ha escrito acerca de la autoridad de los ancianos de guiar por medio de la enseñanza, a los que siguen su ejemplo y para disciplinar a los que se apartan de Dios. Bien, ahora conviene considerar la autoridad del predicador del Evangelio. Por las palabras inspiradas de Pablo a Timoteo y Tito sabemos que los predicadores tienen que dedicar mucho tiempo, al estudio cuidadoso de las Escrituras inspiradas en los apóstoles y profetas.
Como toda Escritura dada por inspiración de Dios, el predicador tiene que tomarla en serio para que esté completamente preparado para toda buena obra (1 Timoteo 4.13; 2 Timoteo 3.16,17). Tiene que ser un maestro del poder de Dios, de su amor, un predicador de ánimo fuerte y un buen ejemplo, si espera salvarse a sí mismo y a los demás.
Pero, ¿qué se puede decir en cuanto a la autoridad del predicador? ¿Tiene él la autoridad para gobernar la iglesia mientras no haya ancianos? Y cuando se hayan nombrado ancianos, ¿tiene él más o igual autoridad que ellos? Como Pablo le dijo a Tito: “Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad” (Tito 2.15), necesitamos saber qué es eso de “toda autoridad”.
El Terreno de su Autoridad
Primero vamos a ver el asunto desde un punto de vista negativo. El predicador no tiene el derecho de imponerse sobre la congregación y esperar que la gente lo apoye. La congregación tiene el derecho de escoger el predicador al que va a pagar. Y cuando el trabajo del predicador ya no sea aceptable para la congregación, ésta tiene el derecho de pedirle que renuncie. Este derecho de “contratar y despedir”, del que a veces se abusa, es una prueba de que el predicador no tiene toda la autoridad para gobernar la iglesia, aunque no haya ancianos.
Por otro lado, el predicador no tiene autoridad para disciplinar a aquellos que no aceptan o no siguen su enseñanza debidamente. Cuando aquel hombre de Corinto tenía que ser disciplinado por haber tomado la esposa de su padre, pecado intolerable en el mundo, Pablo dijo que era una medida tomada por la congregación (1 Corintios 5.1-5). El predicador no es el policía de Dios para forzar a la gente a que acepte su mandato.
En segundo lugar y en el lado positivo, el predicador tiene la potestad de enseñar todas las cosas que el Señor ha mandado. Ninguno, ni siquiera los ancianos, tiene derecho a negarle que enseñe la verdad revelada en el nuevo convenio. Es cierto que los ancianos, o cualquier hermano maduro, pueden aconsejarle el tiempo apropiado para la enseñanza en ciertos puntos. Sin embargo, la prohibición de que él predique cualquier verdad del Evangelio no es prerrogativa del hombre, ni de un grupo de hombres.
Se le pide que predique la Palabra, lo que incluye todo lo que Jesús ha recibido del Padre y que ha sido dado por su Espíritu a los apóstoles y profetas. Tiene la autoridad ilimitada de predicar toda o parte de la Palabra cuando se necesite.
Además, el predicador tiene autoridad para redargüir, reprender (2 Timoteo 4.2). Y aunque Pablo usa imperativos para reforzar esta responsabilidad del predicador, casi no se practica hoy en día. Y cuando el predicador intenta imponer su autoridad, se espera que renuncien, sobre todo cuando reprende a miembros prominentes de la iglesia que beben, bailan, se divorcian y se vuelven a casar, etc.
También el predicador tiene autoridad para corregir lo defectuoso en las congregaciones cristianas. Hay quienes tienen la idea que los evangelistas deben dedicar todo su tiempo a esta labor. Y cuando los ancianos son nombrados, el evangelista debe obrar en otra área misionera o para poner en orden otras congregaciones.
Sin embargo, había ancianos en Éfeso cuando Pablo dejó allí a Timoteo, para encargar a ciertos hombres de ellos, que no enseñaran falsas doctrinas y para que hicieran obra de evangelista (1 Timoteo 1.3). Pablo se quedó en Corinto un año y medio, y en Éfeso tres años.
Y como él había nombrado ancianos en todas las iglesias de Asia Menor, podemos estar seguros de que permaneció en Éfeso después de que nombrara ancianos.
La Fuente de la Autoridad del Predicador
Cuando Jesús dio la gran comisión a los apóstoles, incluyó a todos los que predican el Evangelio cuando dijo: “…enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Pablo le dijo a Timoteo, que encargara a hombres fieles las cosas que había recibido y que se las enseñaran a otros (2 Timoteo 2.2). De manera que si alguien pone en tela de juicio la autoridad del predicador de enseñar toda la verdad, de reprender y exhortar a los que andan en desorden, puede responder que él tiene la más alta autoridad en el cielo y en la tierra, la autoridad del Padre por medio de Jesucristo y su apóstol inspirado.
Los Peligros del Poder del Predicador
Aquellos que sostienen la teoría conocida como la “autoridad evangelística”, y creen que un predicador puede establecer una congregación y gobernar sobre ella hasta que los ancianos sean nombrados, fácilmente pueden tener a un joven que no llegue a 20 años, ejerciendo dominio sobre adultos que pueden tener la edad de su padre. Y en nuestra sociedad, contamos con hombres de mucho más conocimiento y experiencia que un joven evangelista.
Cuando Pablo le dijo a Tito que hablara y exhortara con toda autoridad, no le dijo que gobernara con toda autoridad la iglesia. Sencillamente le dio autoridad de enseñar toda la verdad, animar a que todos la observen, y a reprender a quienes no lo hacen.
No está mal que un joven encargue a un hombre de mayor edad, que no enseñe doctrinas falsas. Pablo le da autoridad de hacer esto. Y si un anciano es culpado de un pecado, y se ha comprobado por el testimonio de tres testigos, el predicador, aunque sea más joven, está autorizado a reprenderlo “delante de todos, para que los demás también teman” (1 Timoteo 5.19,20). Pero si el anciano rehúsa a arrepentirse, el predicador no tiene autoridad de castigarlo; ese es deber de la congregación.
Finalmente, la idea de la autoridad evangelística para gobernar la congregación, pone mucho poder en las manos de un solo hombre. Aunque un hombre cumpla los requisitos para ser anciano, no tiene el derecho de gobernar la iglesia. Menos aun, puede hacerlo un joven inexperto. Pablo estableció ancianos (plural) en cada iglesia (Hechos 14.23). “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas” (Hebreos 13.17).
En todo caso hay que recalcar que se habla en plural. Dios nunca ha puesto la iglesia bajo el mando de un solo hombre, menos de un joven y sin experiencia.

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