miércoles, 31 de diciembre de 2014

En la piel de otro

Guillermo era un tipo grande, torpe y poco atractivo.
Se vestía extrañamente con ropa que no le quedaba bien. Algunas personas pensaban que era divertido burlarse de él, y un día, en el trabajo, una de ellas vio una pequeña rotura en su camisa y le dio un tironcito. Otro obrero en la fábrica hizo lo mismo y en poco tiempo, había una exhibición de tirones.
Guillermo siguió con su trabajo y al pasar muy pegado a una banda transportadora, uno de los jirones de su camisa fue atrapado por la maquinaria. En fracciones de segundo la manga y Guillermo estaban en problemas. Las alarmas sonaron, los interruptores fueron accionados y se evitó el problema.
El capataz, sin embargo, al tanto de lo que había pasado, convocó a los hombres y relató esta historia:
En mis días mozos, trabajé en una pequeña fábrica. Allí fue donde primero conocí a Miguel Gallardo. Era grande e ingenioso, siempre haciendo chistes y travesuras.
Miguel era un líder. Con él estaba un tal Pedro Lumas. Este siempre le seguía la corriente a Miguel. Y también estaba un hombre llamado… Juan. Él era un poco más viejo que el resto de nosotros, callado, inofensivo y solitario. Siempre almorzaba solo. Siempre vistió los mismos pantalones parcheados por tres años consecutivos. Nunca se unía a los juegos del mediodía: luchas, el taco, y cosas similares.
Se le veía indiferente, siempre sentado bajo un árbol en silencio.
Juan era el blanco natural para chistes y bromas. Solía encontrar una rana viva en su tartera de comida, o a un roedor muerto en su sombrero. Pero siempre se lo tomaba con buen humor.
Un otoño, cuando había poco trabajo, Miguel tomó unos días libres para ir de caza. Pedro se le unió, por supuesto. Y nos prometieron a todos que si cazaban algo, nos traerían a cada uno una parte. Así que todos nos entusiasmamos cuando oímos que habían regresado y que Miguel había cazado un venado grande. Oímos aún más que eso.
Pedro nunca podía reservarse nada, y nos hizo saber que tenían una gran broma preparada para Juan. Miguel había cortado al bicho y había hecho un paquete para cada uno de nosotros. Y, para divertirnos, había guardado las orejas, la cola y las pezuñas para Juan; sería muy divertido cuando Juan abriese el paquete.
Miguel distribuyó los paquetes durante el almuerzo. Cada uno de nosotros recibió una buena pieza, la abrimos y se lo agradecimos. El paquete más grande lo guardó para el final. Era para Juan.
Pedro estaba a punto de estallar de nervios, y Miguel se veía muy satisfecho. Como siempre, Juan estaba sentado solo; estaba en el extremo más alejado de la gran mesa.
Miguel empujó el paquete donde Juan pudiese alcanzarlo, y todos nos sentamos a esperar. Juan nunca hablaba mucho. Uno nunca se daría cuenta de que él estaba presente por “su mucho hablar”, de hecho, en tres años no habría pronunciado más de cien palabras. Así que nos asombramos con lo que pasó a continuación.
Juan tomó el paquete con firmeza y se puso lentamente de pie. Le sonrió ampliamente a Miguel y fue entonces, cuando nos dimos cuenta de que sus ojos relucían. Tragó saliva de lo nervioso que estaba, hasta que recobró el control de sí mismo.
“Sabía que no me olvidarían”, dijo agradecido; “¡sabía que lo harían! Ustedes son grandes y juguetones, pero sabía que tienen buen corazón”. Tragó saliva nuevamente y se dirigió al resto de nosotros.
“Sé que no he sido muy amistoso con ustedes, pero nunca quise ser antipático. Verán, tengo nueve chicos en casa y una esposa que ha estado inválida en cama los últimos cuatro años. Nunca se va a mejorar. Y algunas veces, cuando se siente realmente mal, tengo que estar a su lado toda la noche para cuidarla. Y la mayor parte de mi salario tengo que gastarlo en médicos y medicamentos. Los muchachos hacen lo que pueden para ayudar, pero a veces ha sido difícil poner alimento en sus bocas”.
“Quizá piensen que es tonto, por mi parte, el que coma solo. Bueno, reconozco que me he avergonzado un poco de mí mismo porque no siempre tengo algo en mi bocadillo. O, como hoy, que solo tengo un nabo crudo en mi tartera. Pero quiero que sepan que esta carne significa mucho para mí. Quizás más que a nadie aquí porque esta noche mis muchachos, se secó la humedad de sus ojos con el dorso de su mano, “…esta noche mis muchachos van a tener una buena…” Y tensó la cuerda del paquete.
Habíamos estado observando a Juan con tanta atención que no le habíamos prestado mucha a Miguel y Pedro. Pero todos los observamos ahora, porque ambos se lanzaron al mismo tiempo a agarrar el paquete. Pero llegaron muy tarde. Juan había roto el envoltorio y ya estaba revisando su regalo.
Examinó cada pezuña, cada oreja,... y levantó la cola que colgaba, blanda. Debía haber sido muy divertido, pero nadie se rió, nadie en absoluto. Pero la parte más difícil fue cuando Juan levantó la mirada e intentó sonreír.
Aquí fue donde el capataz dejó la historia. No tuvo que decir nada más; pero fue gratificante observar que, mientras cada hombre comió su almuerzo ese día, compartió con Guillermo y otro le ofreció su camisa.
Muchas veces no entendemos por qué tal persona es callada, no se ríe, parece raro, no encaja en el grupo, pero la verdad es que desconocemos mucho de esa persona. Cuando nos acercamos y nos enteramos cómo viven o sufren y nos ponemos en sus pieles, en su lugar, entenderemos su corazón. No los ignoremos, acerquémonos a ellos y quizá nos sorprendamos.
Porque Él dice a Moisés: TENDRÉ MISERICORDIA DEL QUE YO TENGA MISERICORDIA, Y TENDRÉ COMPASIÓN DEL QUE YO TENGA COMPASIÓN. Romanos 9:15.

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