martes, 18 de febrero de 2014

Estos tiempos...

El deseo del Padre de conectarse con nosotros llega a su culminación con la llegada de su Hijo.
Hebreos 1:2 ...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.
En estos tiemposLa llegada del Hijo de Dios representa la sublime culminación del compromiso del Señor, de comunicarse con sus criaturas. A lo largo de los siglos habló por medio de muchos distinguidos mensajeros, hombres como Moisés, Samuel, Natán, Elías, Isaías, Amós, Jeremías, Daniel y Ezequiel. Rindieron su humanidad a la vocación que habían recibido, lo que muchas veces les comprometió en intrincadas luchas con el pueblo de Dios y, en ocasiones, consigo mismos. Fueron bastantes las ocasiones en las que se les llamó a encarnar, de manera particular, el mensaje que debían comunicar al pueblo. Este llamado les inducía a escoger para bien, una y otra vez, defender como fuera, morir si fuese preciso, con tal de sostener sus propias perspectivas y sus convicciones personales, de cómo llevar adelante el ministerio.
Jesús encarna lo mejor de la tradición de los grandes profetas del Antiguo Testamento.

El valor máximo del amor de Dios se manifiesta por medio de la encarnación de su propio Hijo. ¡Cuánto nos debe amar este Padre, que nunca ha estado dispuesto a desistir de su cometido, aun después de experimentar siglos de rechazos, cuestionamientos, ingratitud y reproches! 

Pero Jesús resumió esta historia de desencantos y frustraciones con la parábola de los labradores malvados. Frente al maltrato sucesivo a sus mensajeros, el dueño de la viña, al final optó por una decisión radical: "Enviaré a mi hijo amado; quizás a él lo respetarán" (Lucas 20.13 - nvi). 

Sabemos de qué manera terminó esa historia. Cometeríamos, sin embargo, un trágico error si pensásemos que la parábola se refiere exclusivamente a Israel. La maldad de nuestros corazones nos hace estar unidos
 a ese pueblo obstinado. También en nosotros existe la rebelde inclinación a no escuchar a Dios. De hecho, es precisamente esta postura la que impulsa al autor de Hebreos, a compartir con nosotros un mensaje con cierto grado de urgencia: "¡no seamos como nuestros antepasados! Prestemos atención a lo que el Señor nos está diciendo. 

La muerte de Jesús en la cruz no neutralizó uno de los propósitos centrales de su encarnación: anunciar un mensaje de Buenas Nuevas a los hombres. Poco tiempo antes de morir, fue capaz de declararle al Padre: "Yo les he dado las palabras que Me diste; y las recibieron, y entendieron que en verdad salí de Ti, y creyeron que Tú Me enviaste" (Juan 17.8 - nblh). 
La frase resume el objetivo final por el que Dios desempeñó tan intenso esfuerzo por comunicarse con nosotros. Su deseo no es solamente que escuchemos lo que tiene que decirnos, sino que entendamos el significado de esas palabras y acabemos creyendo en ellas.

En estos tiempos...no hemos entendido lo fundamentales que son las creencias almacenadas en nuestro corazón, para el rumbo que le daremos a nuestra vida. Nuestras convicciones acerca de quiénes somos, quién es Dios y cuál es la vida a la que Él nos ha llamado, moldean la manera de encarar cada momento de nuestra existencia. Por esto resulta tan vital escuchar lo que Dios quiere decirnos. Recibir su Palabra es, literalmente, asunto de vida o muerte.



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