Lo interesante de todos éstos personajes es que sus acciones estuvieron relacionadas con milagros. Los cuatro amigos y el centurión hallaron sanidad, el niño que dio los panes y los peces fue testigo de una tremenda multiplicación, la viuda halló el agrado de Dios por su ofrenda, mientras que el ladrón que fue crucificado junto a Jesús, alcanzó la salvación por su actitud de arrepentimiento.
Definitivamente, todas nuestras obras en el anonimato Dios las recompensa en público.
Jesús mismo, aun en medio del revuelo que ocasionaban sus milagros y prodigios, nunca buscaba los primeros lugares, ni reconocimientos ostentosos. Cuando nuestro nombre suena más fuerte que nuestras obras, realmente debemos examinarnos interiormente para ver cuál es la verdadera motivación con la que actuamos. ¿Queremos que nuestro nombre sea exaltado? Muchas personas hacen cosas buenas pero con motivos equivocados, ya que en el fondo sólo buscan alimentar su ego, su orgullo o vanidad. Sin embargo, hay otros que hacen grandes obras, pero desde el anonimato, sin buscar un reconocimiento personal y sólo como una manera de expresar el amor que sienten por su prójimo. Tengamos presente que Jesús es el único digno de recibir la gloria, pero cuántas veces nuestra carne nos tienta a quedarnos con la gloria que sólo le pertenece a Dios…
En el evangelio de Mateo se habla de orar y ayunar en privado a Dios, “y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”
Nada de lo que hagas, quedará sin recompensa, sólo asegúrate de no quedarte con la gloria, la cual no te pertenece.
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