sábado, 10 de agosto de 2013

San Perfecto - Ánimo en mensaje - Vídeo

Hace unos días vi una película, en la cual una esposa afligida confesaba a su marido, entre lágrimas de pesar, dolor y arrepentimiento, que había cometido infidelidad contra él.
Esa situación ya había terminado por su propia decisión. No había sido descubierta. No había amenazas. Si dejaba todo tal y como estaba, su matrimonio no se iba a resentir. Sólo su amor la llevó a arrepentirse, a terminar con esa relación y confesar su pecado.

No obstante tamaña expresión de amor, fidelidad y arrepentimiento, su esposo, herido en su orgullo, tuvo una terrible expresión de desprecio hacia ella y al día siguiente hizo empaquetar todas sus cosas en un camión y la echó de casa. 
San Perfecto. El hombre que no conocía el pecado.

“Los hechos y personajes de esta historia son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, es una advertencia que los editores ponen al principio o al final de este tipo de producciones, para evitarse reclamos legales de personas con situaciones similares o idénticas. No obstante, la semejanza con esta filmación de miles y miles de personas en el mundo es realmente abrumadora. Y son muchos los hechos, en los cuales las personas “confiesan” una vez que han sido descubiertas, sólo después de haber sido puestas en evidencia. Pero son menos, en proporción, los casos en los que existe una confesión de las personas, producto del arrepentimiento, del amor, de la convicción de haber pecado sin pensar siquiera en la posibilidad de ser descubiertas. Es de este último tipo de situaciones, del que nos ocupamos en el presente escrito.

A  pesar de esta ultima situación y consecuente a ella, no es una “licencia para pecar” renovable. No estamos diciendo aquí “ve, peca y luego ven, trae flores y confiesa, que te perdonamos”. No apañamos reincidencias ni malos hábitos de caminar por la vida haciendo daño a quienes nos aman, asunto para verse y tratarse en otro artículo y con puntos de vista completamente diferentes. Este tipo de acciones tiene graves consecuencias, no sólo para las vidas de las personas directamente involucradas, sino también para todo su entorno.

Pero es la actitud postrera la que en realidad define el curso de la situación. Como seres humanos de tendencia corrupta, heredada de nuestro padre natural Adán, ninguno de nosotros estamos exentos de caer en pecado. “El que piense estar firme, mire que no caiga” advierte severamente Pablo a los corintios (I Cor. 10:12), y por algo lo hace. Pablo tal vez no sabía nada de psicoterapia, pero sí conocía y veía la naturaleza humana con los ojos de Dios, que no es poca cosa.

El hombre de esta historia, herido en su orgullo, y asumiendo el papel de San Perfecto, despreció a su esposa, olvidando con ello que existe un remedio infalible para este tipo de situaciones y cualquier otra que involucra daños a los demás a causa del pecado: EL PERDÓN.

No es intrascendente este asunto. Es un vía crucis doloroso. A ambos lados del camino mal andado queda un reguero de almas rotas, de corazones heridos. A tal extremo, que no es la primera vez que veo a familias destruidas exactamente con idéntico proceso. También he visto, a causa de uno de los más terribles males de los que padece una gran parte de la iglesia de Cristo de hoy día, MINISTERIOS hechos pedazos. Y no hablo del pecado, que no es un detalle menor, sino de la falta de EMPATÍA y la FALTA DE PERDÓN.

Hubo un pecado, existió una traición, una terrible caída. Las heridas de ambas partes involucradas sangran y duelen; pero en este caso también hubo una confesión resultante del pesar, del arrepentimiento sincero, de la convicción desde lo profundo del corazón, y que San Perfecto por ninguna razón debe darse el lujo de despreciar.

Jesús no sólo tiene poder para PERDONAR. También lo tiene para RESTAURAR y para SANAR las almas heridas. No importa cómo se llegara a esa situación. Lo que realmente importa es que SIEMPRE, al final del camino, está como alternativa real la cruz de Jesús.

Dos caminos al final cuando ya no queda nada más por hacer: el del dolor, el del orgullo herido y con él terminar de hundir lo poco que queda del barco,... o el PUENTE DEL PERDÓN, que te conectará con la vida, que te permitirá gozar de un día soleado y lleno de gloria, cuando gruesos nubarrones de tormenta amenazan con arrebatarte tu vida, tu familia y tu ministerio.


No hay comentarios:

Publicar un comentario