domingo, 16 de diciembre de 2012

Cuando Conoces la Verdad - Reflexiones

El tren había comenzado a moverse. Estaba cargado de gente de todas las edades, la mayoría obreros y jóvenes estudiantes de universidad, tanto hombres como mujeres. Cerca de la ventanilla se sentaba un anciano con su hijo de 30 años.
Mientras el tren se movía, el hijo estaba sobrecogido de gozo, encantado por el paisaje fuera.
“Mira, papá, el paisaje de los árboles verdes alejándose es muy hermoso”.
Esta conducta del hijo de 30 años hizo que los demás se sintieran incómodos con él. Todos comenzaron a murmurar una cosa u otra acerca de éste.
“Este joven parece estar loco”, el recién casado Anup le susurró a su esposa.
De repente comenzó a llover. Las gotas de lluvia cayeron sobre los pasajeros a través de la ventana abierta. El hijo, de 30 años, lleno de gozo decía: “Mira, papá, qué hermosa es la lluvia…”
La esposa de Anup se molestó con las gotas de lluvia que caían sobre su nuevo vestido dañándolo.
“Anup, ¿no puedes ver que está lloviendo? Usted, anciano: Si su hijo no se siente bien, llévelo a un asilo mental pronto y no moleste a los demás”.
El anciano titubeó primero y entonces contestó en tono bajo: “Regresamos a casa del hospital. Mi hijo fue dado de alta esta mañana. Nació ciego y no fue hasta la semana pasada cuando recobró la vista. La lluvia y la naturaleza son nuevas a sus ojos. Por favor, perdónennos la inconveniencia causada”.
¡Cuán necesario nos es empatizar con los demás y tratar de colocarnos en su lugar! Muchas veces, lo que parece a primera vista ser una realidad, simplemente no lo es.
Tal vez la clave consista en darle siempre a los demás el beneficio de la duda, reconociendo que lo que hacen debe tener sentido en sus mentes y corazones, que tal vez sea motivado por un trasfondo distinto al nuestro y que tal vez sea sólo una reacción transitoria.
Dejemos de jugar a ser Dios y aceptemos que nunca tendremos toda la información, ni comprensión completa de situación alguna; y que al emitir un juicio preliminar debemos ser conscientes de ello. Si así lo hacemos, podremos extender siempre una mano amiga y tierna a quien ha experimentado menos bendiciones que nosotros. Adelante y que el Señor les bendiga.
Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman». 1 Corintios 2:9

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