No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. 2 Corintios 4:18

Pablo y sus colaboradores experimentaron un gran sufrimiento a manos de sus perseguidores e incluso de creyentes que trataban de desacreditarlos. No obstante, tenían sus ojos fijos en la eternidad. Con valentía, el apóstol admitía que «no (miraban) las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18).
Aunque hacían la obra de Dios, estaban atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; 9 perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos. (vv. 8-9). ¿No podría Dios haberlos librado de todo eso? Pero en lugar de desanimarse, Pablo edificó su esperanza en el «eterno peso de gloria» (v. 17). Sabía que el poder de Dios obraba en él y estaba seguro de que «el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará» (v. 14).
Cuando sentimos que nuestro mundo se tambalea, fijemos nuestros ojos en Dios, la Roca eterna que nunca será destruida.
Dios, que pueda ver la seguridad que tengo en ti.
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