jueves, 17 de marzo de 2016

Desamparados

Reflexionar es una de las cosas que nos distingue tanto de los animales como de las máquinas, y a la vez, también da sentido a nuestras vidas. ¿Qué sería de una vida que no se detuviese un momento a pensar, a meditar, a reflexionar? Seríamos como animales irracionales, como máquinas programadas. Gracias a Dios podemos respirar y frenar nuestro ritmo un momento para reflexionar, para pensar.

Algo que nos puede hacer pensar es una noticia que apareció hace algún tiempo en los medios informativos. El dato es, cuando menos, escalofriante: más de cuarenta mil menores en España viven en situación de desamparo. Cuarenta mil seres humanos que están en orfanatos e instituciones similares; cuarenta mil personas que no tienen culpa de la irresponsabilidad de lo que sus progenitores han hecho; cuarenta mil personas que están esperando una mirada de cariño, una mirada de amor de alguien, un abrazo de afecto. Puede parecernos un número frío cuarenta mil personas dentro de las casi cuarenta y seis millones que somos en España. No es un número muy significativo, algo así como un 0,08%; pero los números son una cosa y la realidad es otra: son cuarenta mil seres humanos, cuarenta mil individuos, cuarenta mil nombres, cuarenta mil historias, cuarenta mil ilusiones, cuarenta mil realidades, cuarenta mil personas que quieren llamar a alguien “papá” o “mamá”.

Tal vez pensamos que poco podemos hacer por esa ingente cifra, pero quizá podamos hacerlo por alguno de ellos. 
Se cuenta de cierta persona, que en la orilla de la playa recogía estrellas de mar que las olas dejaban varadas en la arena, estrellas de mar que estaban condenadas a morir; esa persona las recogía y una a una las lanzaba al agua para que pudieran seguir viviendo; alguien se acercó y le dijo: “Lo que haces es una tontería, con todas las que hay y solo puedes lanzar al mar una de cuando en cuando”. El hombre se agachó, recogió una de las estrellas, la devolvió al mar y dijo: “Para esa estrella mi labor no es una tontería”. 
Si podemos ayudar a alguien, aunque la cifra nos desborde, estaremos haciendo una gran labor.

Y esa situación nos lleva a pensar en una más profunda que afecta a millones de personas en nuestro mundo. Al igual que esos niños desamparados que buscan llamar a alguien papá o mamá, ¿cuántas personas realmente pueden llamar Padre a Dios? 
Sí, Dios nos creó, Dios nos dio la vida, pero ¿le tenemos realmente como nuestro Padre, no desde una connotación cultural o religiosa sino en nuestra vida diaria? En la conocida oración se llama a Dios “Padre Nuestro”, pero ¿realmente tenemos con Él una relación de hijos a Padre? De nada vale decir que es nuestro Padre si no vivimos como hijos de Él. Esta desoladora noticia del desamparo de cuarenta mil menores en nuestro país puede, también, llevarnos a considerar si quizá no estamos viviendo como desamparados mientras el Padre celestial está esperando que vayamos a Él. En Semana Santa solemos recordar la pasión de Cristo en la Cruz del Calvario. Creyendo por fe en ese sacrificio de Jesús somos sus hijos, pues la Biblia afirma que los que creen en su nombre son hijos de Dios. Ojalá todos podamos buscar a Dios no solo como Dios sino como nuestro Padre; si así lo hacemos, no estaremos desamparados. 
“Dios es nuestro amparo y fortaleza” declara la Biblia; sí, es nuestro amparo cuando le tenemos como Padre.


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