viernes, 13 de noviembre de 2015

¡Por fin en casa!

Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor. Mateo 25:21.
Cuando vuestros sentidos se deleiten con la belleza de la tierra, pensad en el mundo venidero que nunca conocerá mancha de pecado ni de muerte; donde la faz de la naturaleza no llevará ninguna sombra de maldición. Represente vuestra imaginación la morada de los justos, y recordad que será más gloriosa que cuanto pueda imaginar la más brillante imaginación. En los variados dones de Dios en la naturaleza no vemos sino el reflejo más pálido de su gloria. Está escrito: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. 1 Corintios 2:9
Luego, las puertas del cielo se abrirán para recibir a los hijos de Dios, y de los labios del Rey de gloria resonará en sus oídos, como la más rica música, la bendición: “¡Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo!” Mateo 25:34. Entonces los redimidos serán recibidos con gozo en el lugar que Jesús les está preparando.
Después vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad; y al llegar a ella la hizo girar sobre sus relucientes goznes y mandó que entraran todas las gentes que hubiesen guardado la verdad. Dentro de la ciudad había todo lo que pudiese agradar a la vista. Por doquiera los redimidos contemplaban gloria abundante. Jesús miró entonces, a sus redimidos santos, cuyo semblante irradiaba gloria, y fijando en ellos sus ojos bondadosos les dijo con voz rica y musical: “Contemplo el trabajo de mi alma, y estoy satisfecho. Vuestra es esta excelsa gloria para que la disfrutéis eternamente. Terminaron vuestros pesares. No habrá más muerte, ni llanto, ni pesar, ni dolor”.
Las palabras son demasiado pobres para intentar describir el cielo. Siempre que se vuelve a presentar ante mi vista, imaginariamente, el espectáculo me anonada de admiración. Cautivada por el insuperable esplendor y la excelsa gloria, dejo caer la pluma exclamando: “¡Oh! ¡qué amor, qué maravilloso amor!” El lenguaje más exaltado no bastaría para describir la gloria del cielo, ni las incomparables profundidades del amor del Salvador.


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