domingo, 31 de mayo de 2015

El Frasco de Pepinillos

Pasaron los años. Acabé en la universidad y tomé un empleo en otra ciudad. Una vez, mientras visitaba a mis padres, usé el teléfono de su habitación. Pero observé que aquel frasco de pepinillos vacío que antes yacía allí, no estaba. Había servido para su propósito y ahora estaría en otro lugar..
Y sentí cierta preocupación al contemplar el lugar, junto a la cómoda, donde el frasco siempre había estado. Mi papá es hombre de pocas palabras; nunca me sermoneó sobre los valores de la determinación, perseverancia y fe. El frasco de pepinillos me había enseñado todas esas virtudes mucho más efectivamente, que las palabras más elocuentes pudieran haberlo hecho. Con cuánto cariño recuerdo a aquel viejo frasco y el lugar que ocupó en mi vida.
Cuando me casé, le conté a mi esposa, Susana, el importante rol que aquel viejo frasco de pepinillos había jugado en mi vida como muchacho. En mi mente, significaba más que cualquier otra cosa, ¡cuánto me había amado mi papá!
La primera Navidad después de que naciera nuestra primera hija, pasamos la fiesta con mis padres. Después de cenar, mamá y papá se sentaron el uno junto al otro en el sofá, abrazando por turno a su primera nieta. Juanita comenzó a gemir suavemente y Susana la tomó de los brazos de Papá. “Probablemente necesita ser cambiada”, dijo mientras llevaba a la bebé al dormitorio de mis padres para cambiarle los pañales. Cuando Susana regresó a la sala, había una bruma visible en sus ojos.
Le pasó a Juanita de nuevo a papá, antes de tomar mi mano y guiarme hacia el dormitorio trasero. “¡Mira!”, dijo suavemente, mientras sus ojos me dirigían al lugar en el suelo junto a la cómoda.
Para mi sorpresa, allí, como si nunca hubiese sido removido, se hallaba el viejo frasco de pepinillos, con el fondo cubierto de monedas. Me encaminé hacia el frasco, metí la mano en mi bolsillo y saqué un puñado de monedas. Con una mezcla de emociones obstruyéndome la garganta, dejé caer las monedas en el frasco. Levanté la mirada para ver a papá quien, cargando a Juanita, se había introducido silenciosamente en la habitación. Nuestros ojos se encontraron y me di cuenta de que ambos sentíamos las mismas emociones. Ninguno de los dos podía hablar.
No teníamos necesidad de ello. El frasco de pepinillos ya estaba de nuevo en su viejo lugar con un propósito renovado. Podía ver el gozo en la mirada de papá mientras sostenía dulcemente en sus brazos a su nieta. El viejo frasco de pepinillos era nuevo... de nuevo.
Aunque el “secreto” del frasco no resulte evidente a primera vista, un repaso de su historia debería poner en evidencia ¡el hábito del ahorro y la provisión para el futuro!  Este sería un magnífico legado para las nuevas generaciones… obsesionadas como están en la gratificación instantánea y en sacarle el máximo gozo a cada momento.
La verdad es que la vida es una carrera de maratón, con momentos sublimes de buenos y momentos terribles. El apóstol Pablo nos comparte en el Texto Sagrado, que había aprendido a contentarse tanto en la abundancia (que todos anhelamos) como en la escasez (que todos detestamos). Eso sí que es una verdadera relación con un Dios que nos acompaña en toda circunstancia.
Enseñemos a nuestros hijos físicos... y espirituales a planear para el futuro, a invertir para él, a saber esperar… Quizá todos necesitmos un “frasco de pepinillos” en nuestra habitación para recordárnoslo. 

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